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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 761

En ese instante, Irene sintió que por fin había encontrado a alguien con quien conectaba, un lugar donde sus emociones podían descansar.

—A veces la soledad pesa, sobre todo en el silencio de la noche. Me aterra estar sola, sentir que no tengo de qué agarrarme, que no tengo a nadie con quien hablar... Y, lo que es peor, que si muriera de repente, no habría nadie que derramara una lágrima por mí.

Nanette se estremeció de pies a cabeza.

Sintió una punzada de arrepentimiento por haber hecho esa pregunta. ¿Acaso no era lo mismo que hurgar en una herida abierta?

—Lo siento...

Irene sonrió con resignación.

—No te preocupes. En realidad, creo que he tenido mucha suerte. Al menos no me dejé llevar por el impulso de quitarme la vida en su momento; elegí quedarme a ver qué más tenía para ofrecerme este mundo.

—Eres muy valiente —dijo Nanette.

—La realidad es así, no me queda de otra.

Si pudiera elegir, desearía con toda su alma tener a alguien que la sostuviera, que cargara con su dolor.

Pero nunca había tenido a nadie.

Por eso, tenía que cargar con todo ella sola, sin importar el cansancio, la amargura o la injusticia.

—Srta. Larco, hace frío. Debería regresar.

Nanette dejó escapar un suspiro casi inaudible.

—Quiero sentarme un rato. Puedes adelantarte.

—No tengo nada urgente que hacer. Me quedaré a hacerte compañía —respondió Irene.

Apenas terminó de hablar, sonó su celular.

Irene miró la pantalla y dudó unos segundos.

Nanette, intuyendo quién era, murmuró:

—Contesta.

El humor de Galileo seguramente no era el mejor en ese momento.

Ese día, era evidente que ella no había sido la única visita en Colinas de Monteverde.

Las palabras de Eloísa no solo iban dirigidas a ella, sino a alguien más.

Vaya ironía. Galileo y Eloísa, dos personas que antes no se soportaban, ¿ahora tenían una relación tan cercana?

Efectivamente, era Galileo. Su tono destilaba hostilidad.

—¿Dónde estás?

Irene miró a Nanette de reojo.

—Estoy de compras con Susy.

—Vuelve de inmediato.

Antes de que Irene pudiera añadir una palabra, él le cortó la llamada.

Sintió un nudo en el estómago, apretando el teléfono con fuerza.

La mirada de Nanette se cruzó con la suya.

—Vuelve.

Irene no estaba tranquila.

—¿Y tú?

—Quiero estar sola un rato.

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