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¡No te metas con la Cenicienta! romance Capítulo 1108

—Si Vanessa muriera y te exigieran firmar el divorcio con ella, ¿lo harías? —disparó Alonso.

—¡A mí no me compares contigo! ¡Tú y yo no nos parecemos en nada! —estalló Amos.

El solo hecho de que Alonso intentara igualarse a él lo enfureció.

¡Amos escupió maldiciones en su mente!

¡Compararse con él! ¡Ni a los talones le llegaba!

No era por pecar de arrogante, pero si Vanessa lo había amado durante todos esos años, era por algo.

¡¿Cómo se atrevía un tipo que había perdido a su esposa una y otra vez a intentar estar a su nivel?!

¡Toco madera, toco madera...! ¡Y encima metía a Vanessa en sus ejemplos de muerte!

Ante semejante sarta de estupideces, la paciencia de Amos con Alonso se estaba agotando rápidamente.

—Entonces, ¿de verdad crees que ella esté muerta? —preguntó Alonso.

Se refería, por supuesto, a Estrella.

Amos se quedó pasmado.

¡Oye, un momento!

¡Todavía no anochece y este tipo ya está soñando despierto!

Amos sabía perfectamente que, durante todo ese tiempo, Alonso se había negado a aceptar la muerte de Estrella.

¡Pero si él mismo lo había visto con sus propios ojos ese día!

—A ver, a ver... ¿todavía sigues con tus delirios? ¿Qué es lo que pretendes? Si resultara que está viva, ¿volverías a traicionarla y a dejarla a su suerte? ¿Vas a parar hasta que de verdad la termines matando?

Para Amos, era indiscutible: Alonso había estado ahí, había sido testigo directo.

¿Qué malditas dudas podía tener a estas alturas?

—¡Yo no vi su cuerpo! —argumentó Alonso.

—Pero si tú mismo viste...

—¡No estaba completo! —lo interrumpió bruscamente.

Amos se quedó sin palabras.

El tono de Alonso era tajante; parecía decidido a no creer nada a menos que viera el cuerpo íntegro de Estrella con sus propios ojos.

A los oídos de Amos, aquella exigencia sonaba como una burla macabra.

Esperar encontrar un cuerpo completo...

—¿Tienes idea de lo mucho que la odiaba Lisandro Ritter? —cuestionó Amos directamente.

—Cuando Eduardo estaba a cargo del lugar y nosotros llegamos, nos encontramos con semejante escenario. ¿No crees que estaban destruyendo pruebas a toda prisa?

A estas alturas, Alonso por fin ataba cabos y se daba cuenta de que todo el asunto apestaba a trampa.

Amos parpadeó, confundido.

¡¿Destruyendo pruebas a toda prisa?!

—Oye, en serio... ¿no te das cuenta de lo estúpidas que suenan tus teorías?

Alonso lo miró, desconcertado.

—¡Te parece sospechoso que Marcelo no llegara a tiempo, y también te parece sospechoso que ordenara arrasar con Puerto Cieloalto!

—Dices que si no llegó de inmediato es porque la señorita Robles no le importaba tanto. ¿Y no se te ocurre pensar que, en su desesperación por no llegar a tiempo, dio la orden de destruir todo precisamente porque estaba perdiendo la cabeza de la angustia? ¡Es la reacción de un hombre desesperado!

¿Cuál destrucción de pruebas ni qué nada?

En una situación límite como esa...

—Y para rematar... Si ella era el amor de tu vida, ¡¿cómo diablos fuiste capaz de entregarla a los lobos?!

¿Y ahora venía a cuestionar si ella era o no importante para Marcelo?

¡Qué cinismo tan asqueroso!

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