Después de todo el sufrimiento que había soportado, ya no era la ingenua muchacha que creía en falsas promesas de amor. No le importaban las palabras dulces que le susurraran al oído. Su corazón se había blindado, volviéndose impenetrable, sin importar cuán cálida y afectuosa fuera la expresión de Marcelo.
Al notar su obstinado silencio, Marcelo le pellizcó suavemente la cintura.
—Sé que en este momento no confías en mí.
—No confiaré en ti en lo que me resta de vida —lo interrumpió Estrella con frialdad. Su mensaje era cristalino: que no perdiera más el tiempo intentando reconquistarla. Estrella era implacable en ese aspecto; una vez que alguien traicionaba su confianza, era prácticamente imposible recuperarla. Por eso, cuando entregaba su lealtad, exigía que la valoraran de verdad. Pero tanto Alonso como Marcelo habían destrozado esa confianza sin remordimientos.
Marcelo se quedó callado unos segundos. Luego, apoyó la barbilla en su hombro y suspiró.
—La vida da muchas vueltas. No digas cosas de las que luego puedas arrepentirte, ¿de acuerdo? —Sabía que ella intentaba alejarlo, obligarlo a darse por vencido. Pero eso jamás iba a ocurrir.
—Si no me quieres creer, es tu problema.
—Ni siquiera pienses en abandonarme. —Esa era la única condición de Marcelo: pase lo que pase, ella tenía que quedarse a su lado. Cuando recordaba la férrea voluntad que Estrella había mostrado para escapar de Alonso, sentía un nudo en el estómago. ¡Le aterraba la idea de que planeara lo mismo con él! Sabía perfectamente que, cuando Estrella decidía marcharse, no había fuerza humana capaz de retenerla. Y sospechaba que ella ya estaba buscando la manera de huir. Por ese motivo, todos en Villa Ismar estaban vigilando sus pasos como si fuera una prisionera de máxima seguridad.
—Escuché que abrieron un restaurante nuevo en el pueblo. Dicen que tienen comida con sazón de Nueva Cartavia —dijo Estrella, cambiando bruscamente de tema. No tenía ganas de seguir discutiendo. Cada conversación con él era un laberinto sin salida que solo terminaba en frustración.
—Te llevaré en un rato —aceptó Marcelo, complacido. Era un milagro que Estrella tuviera algún deseo o apetito. Durante semanas había estado en huelga pasiva, rechazando cualquier regalo o atención. Al principio, Marcelo intentó cocinar para ella, pero en cuanto ella se enteró, dejó de tocar la comida. Era su forma de rechazar de plano sus intentos de reconciliación. Sin otra salida, Marcelo había tenido que rendirse. Pero ahora que ella misma lo pedía, no iba a desaprovechar la oportunidad.
Como Estrella aún se estaba recuperando de sus heridas y el clima en Villa Ismar era gélido, salir requería una preparación exhaustiva. Marcelo le puso un abrigo pesado y le enrolló una bufanda gruesa alrededor del cuello, envolviéndola como a una niña. Cuando finalmente le colocó un gorro, Estrella casi se asfixia.
—Iremos en carro, ¿no? ¿Por qué me haces poner tanta ropa?
—Hará viento cuando subamos y bajemos del auto —respondió él. Se había vuelto obsesivamente cuidadoso con ella. Había odiado tener que lastimarla para hacer creíble su falsa muerte frente a Alonso y Callum. Si Estrella terminaba con alguna secuela permanente, la culpa lo perseguiría por el resto de sus días.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡No te metas con la Cenicienta!
Está interesante la novela pero no sé qué pasa al estar en el capítulo 884 y adquirir monedas no está funcionando solo muestra el mensaje error qué pasa...