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¡No te metas con la Cenicienta! romance Capítulo 1136

—De acuerdo, dejemos este tema por hoy —dijo Marcelo al ver su expresión obstinada. Había dicho lo que tenía que decir. Asimilarlo o no, dependía enteramente de Estrella.

Marcelo llevaba semanas guardando esas verdades en su pecho. Eduardo había investigado los movimientos de Estrella al milímetro. Sabía con precisión cuál era su plan original y quiénes la estaban ayudando. Ella quería escapar de todos de una vez por todas. ¡Su único error de cálculo fue que Marcelo se adelantó! Y lo que realmente le quemaba por dentro a Estrella, era que su brillante escape no le sirvió para deshacerse de él.

Estrella permaneció en un silencio hosco.

—Vamos a comer —dijo Marcelo, cargándola en brazos hacia la salida.

—¡Ya no quiero ir! —protestó ella.

La discusión con Marcelo le había revuelto el estómago. El antojo que sentía hace unos minutos se había esfumado por completo.

Marcelo se quedó paralizado. Había sido un milagro que ella pidiera algo de comer, y ahora cancelaba el plan sin más.

—No seas terca, vamos. Tal vez el sazón sea de tu agrado —insistió él con suavidad. Su falta de apetito estaba retrasando considerablemente su recuperación, y eso lo angustiaba.

—De verdad, se me quitó el hambre.

—A mí sí me dio hambre. Acompáñame.

Estrella lo miró con los ojos entrecerrados. ¿Acompañarlo? ¡Qué descaro tenía! Conociendo lo terco y manipulador que era Marcelo, resistirse era inútil. Cuando a él se le metía una idea en la cabeza, nadie podía disuadirlo.

—Pórtate bien y no hagas corajes. —Últimamente, Marcelo aprovechaba la menor excusa para mantenerla físicamente cerca. Estrella aborrecía ese contacto forzado, pero él estaba decidido a invadir su espacio para asegurar su control. Al igual que Alonso... al no encontrar otra manera de retenerla, recurrían a tácticas desesperadas y egoístas.

El restaurante era modesto pero rebosaba con la estética tradicional de Nueva Cartavia. El aroma que llegaba desde la cocina era inconfundible.

—Parece que preparan platillos auténticos —comentó Marcelo, intentando aligerar el ambiente. Siendo Villa Ismar un lugar pequeño, ese era el único restaurante con ese tipo de comida. El rostro de Estrella se relajó ligeramente. Se sentaron y un mesero les acercó el menú. Al reconocer los platillos de su tierra natal, Marcelo ordenó rápidamente los favoritos de Estrella y luego le pasó la carta.

—Revisa si se te antoja algo más.

—Ya pediste todo lo que me gusta —murmuró ella. A diferencia de Alonso, Marcelo siempre había estado atento a sus gustos y preferencias.

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