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¡No te metas con la Cenicienta! romance Capítulo 1278

Se detuvo a centímetros de tocarla, su mano congelada en el aire.

Estrella lo observó en silencio.

—Perdón. La costumbre —se disculpó, apartando la mano con torpeza.

Ella notó la cautela en sus ojos. Su mirada era un misterio insondable, pero al menos esta vez no lo miró con la misma repulsión y desagrado de siempre.

Marcelo captó ese minúsculo cambio.

—Le pedí a Eduardo que reservara un lugar con comida de tu agrado. Vamos a probar.

—De acuerdo —respondió ella.

Una sonrisa se dibujó en los labios de él.

La luz del sol se filtraba por la ventana, bañándolos en un resplandor cálido. En ese instante, la imagen de ambos juntos irradiaba una extraña paz.

...

En el restaurante, Marcelo le sirvió con delicadeza en el plato las porciones de sus platillos favoritos.

—Gracias —dijo Estrella.

A diferencia de los días en Villa Ismar, esta vez no hizo a un lado la comida que él le había servido.

Él no dejó de sonreír.

Parecía que la llamada de Alonso no había logrado arruinarles el momento.

Apenas Estrella dio un par de bocados, su teléfono sonó. Al ver el nombre de Callum en la pantalla, ignoró la llamada.

Le dio la vuelta al aparato para no ver la pantalla.

Maxwell había sido claro: si no quería tener nada que ver con ciertas personas, no tenía por qué hacerlo.

¡Ignorar la llamada era su derecho divino!

Marcelo notó el gesto y sonrió.

—Parece que Cintia terminó bastante mal esta vez.

Cuando alguien casi pierde la vida, es obvio que las heridas no son superficiales.

Sin importar lo tensa que había sido su vida al principio con los Harrington en Oricalco, tenía que admitir que Callum no había tenido piedad con los que la atormentaron en Nueva Cartavia.

Especialmente con Alonso y Yolanda.

A Yolanda le cerró todos los caminos, destruyó sus proyectos en el extranjero y la obligó a rogar por la muerte al no encontrar salida para vivir.

La mujer había intentado mil artimañas para salvarse, pero todas fracasaron.

Era astuta como un zorro, todos lo sabían.

Por eso su repentina muerte resultaba sorprendente.

—Sufrió bastante antes de exhalar su último aliento —añadió Marcelo—. Al cortarle todo el dinero, no importaba qué tan hábil fuera, sin fondos no podía hacer magia.

—No creí que cayera tan rápido.

No había prestado demasiada atención al destino de esa mujer, pero suponía que sus últimos días debieron ser un infierno.

Marcelo le sirvió un bocado más en el plato.

La postura de Estrella se relajó visiblemente mientras comía. Por fin, todo ese pasado se había desvanecido...

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