En la residencia de la familia Echeverría.
Alonso despertó con dolor de cabeza; la resaca le revolvía el estómago desde temprano.
En la oscuridad de la habitación, se quedó acostado mucho, mucho tiempo.
Ese malestar estomacal… parecía que no lo había sentido en mucho tiempo… desde que se casó con Estrella, no le había pasado.
Antes, cuando Estrella estaba, cada vez que él regresaba de tomar por negocios, le daba una pastilla para el dolor antes de dormir. Al despertar al día siguiente, nunca sentía resaca.
Y ahora, este malestar le recordaba crudamente que Estrella ya no estaba a su lado.
El celular vibró; era Diego.
Alonso contestó con dificultad:
—¿Bueno?
—Parece que vamos a perder el proyecto de Clonbridge.
Al escuchar que era sobre Clonbridge, Alonso cerró los ojos y respiró hondo, exhalando aún un fuerte olor a alcohol.
—¿Otra vez el Grupo Harrington?
Diego confirmó:
—Sí.
Alonso guardó silencio.
Escuchar que otra vez era el Grupo Harrington lo tenía confundido. Él no había ofendido al Grupo Harrington.
Pero ahora, el Grupo Harrington parecía… ¿un perro rabioso que no lo soltaba?
—¿Todavía no han averiguado nada? —preguntó Alonso con voz fría.
Diego respondió:
—No.
Alonso no tenía ni idea de cómo se había enemistado el Grupo Echeverría con el Grupo Harrington.
Por eso mandó a Diego a investigar.
Pero Diego no encontró nada.
Al escuchar la negativa, Alonso abrió los ojos, y en ese momento, su mirada destilaba un brillo gélido:
—¿Será verdad que es Marcelo?
Diego no supo qué contestar a eso.
Pero añadió:
—Pero el Señor Castañeda y el Grupo Harrington solo tienen una relación de cooperación.
Decir que el Grupo Harrington atacaba al Grupo Echeverría por culpa de Marcelo no sonaba muy lógico.
Alonso insistió:
—¡Pásamelo!
Alonso apretó los dientes.
Si Marcelo le contestara, no tendría que estar llamando a Eduardo.
Del otro lado, Eduardo estaba justo al lado de Marcelo.
Al escuchar el tono furioso de Alonso, Eduardo miró a Marcelo con nerviosismo.
Hace un momento Marcelo vio la llamada de Alonso y la ignoró.
No esperaban que llamara a Eduardo.
Marcelo extendió la mano hacia el nervioso Eduardo, quien entendió y le pasó el teléfono.
Marcelo se lo puso al oído y soltó fríamente dos palabras:
—¿Qué quieres?
Alonso reclamó:
—Si quieres ir contra mí, hazlo tú directamente. Arreglemos esto como hombres, ¿para qué molestar al Grupo Harrington?
Por teléfono, Alonso estaba a punto de explotar.
Marcelo sabía perfectamente lo que significaba para el Grupo Echeverría que el Grupo Harrington los atacara.
En este mundo, los que podían competir contra el Grupo Harrington se contaban con los dedos de una mano.

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