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¡No te metas con la Cenicienta! romance Capítulo 465

¿Seguirlos?

Alonso cerró los ojos un momento.

—¡Síguelos!

Que Mónica conociera a Martín era algo que ellos ignoraban por completo. Así que ahora era imperativo seguirlos para ver qué pasaba. Quería descubrir qué tipo de relación tenían exactamente.

Después de recoger a Mónica, Martín traía una jeta que ni él mismo se aguantaba.

—No nos conviene vernos así ahora, y menos en el cruce fuera de la mansión Echeverría —dijo con voz gélida.

—¿Cuál es la prisa? ¡Los Echeverría no pueden salir, nadie nos ve!

Martín guardó silencio.

—Además —continuó Mónica—, ¿qué dices de "cruce fuera de la mansión"? Tú no sabes lo lejos que está la salida. Caminar hasta aquí casi me mata del cansancio.

Estaba hambrienta y agotada; después de la caminata, sentía que no le quedaban fuerzas.

—No vayamos al hospital todavía, ¡primero llévame a comer algo que me desmayo!

Se sentía desfallecer.

—¿Que te lleve a comer? ¿Estás loca? —le gritó Martín, incrédulo.

—¿Qué quieres decir? ¿Sabes que llevo todo el día sin probar bocado? Me estoy muriendo de hambre.

—¿Te mueres de hambre en la gran mansión Echeverría? ¿No te da vergüenza decir eso?

Al escuchar esas palabras, Mónica sintió que le iba a estallar la cabeza.

—¿Qué insinúas? ¿No me crees?

Martín no le creía, ¿verdad? ¿No creía en la situación que ella vivía dentro de la casa de los Echeverría? Era ridículo.

Antes, Estrella decía cualquier cosa y Alonso no le creía. Y ahora que ella decía que pasaba hambre en la mansión, que su situación era miserable... por la actitud de Martín, parecía que tampoco había creído ni una palabra de lo que le dijo por teléfono.

—¡Tú cállate! ¿Quién eres tú para meter tu cuchara aquí? —le gritó Mónica.

Ya había aguantado demasiadas humillaciones de Estrella estos días. Que Sandra le hablara con ese tono fue la gota que derramó el vaso.

Sandra cerró la boca al instante.

Mónica miró a Martín con desesperación.

—No me importa, ¡llévame a comer ahora mismo!

Si no le creía, que no le creyera. Mónica se sentía fatal, pero ya le daba igual. Creyera lo que creyera Martín, lo más importante ahora era comer bien. Antes, si le ponían comida enfrente, la despreciaba. Pero ahora deseaba con toda su alma sentarse en un lugar y tener una comida decente.

—Está bien, te llevaré a un restaurante —cedió Martín.

Estaba muy descontento con la insistencia de Mónica por comer. Por teléfono parecía urgida por el niño, pero ahora que la recogía, lo único que le importaba era la comida. De pronto, Martín pensó que una mujer como Mónica no merecía ser madre.

¡Ya eran las doce de la noche!

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