Ahora todo se había arruinado; Alonso sospechaba.
No, pasara lo que pasara, Alonso no podía dudar del origen del niño. Si lo hacía, ella perdería cualquier esperanza de permanecer en la Mansión Echeverría.
—¿No vas a hablar? —insistió Alonso, con un tono aún más gélido al ver que ella callaba.
Mónica tembló de pies a cabeza.
—No… pueden dudar de lo que sea, pero no del nacimiento del niño. Eso sería una mancha para toda su vida. Pueden decir que yo soy mala, pero no hablen así de él. Acaba de nacer, no sabe nada.
Mónica hablaba con un tono desgarrador. En ese momento, parecía una madre totalmente indefensa. Estaba usando esa vulnerabilidad para intentar despertar de nuevo la confianza de Alonso. No tenía otra opción.
Sabía que recuperar la confianza de Alonso podría hacer que Estrella la odiara más y le complicara la vida en la casa, ¡pero estaba acorralada! Si Alonso descubría que el bebé no era de Julián, su problema no sería solo vivir incómoda en la mansión; su situación en toda Nueva Cartavia se volvería insostenible.
¡Tenía que proteger el secreto del origen del niño a toda costa! Si Alonso se enteraba de que era hijo de Martín, Mónica no quería ni imaginar la escena. Sería aterrador.
Alonso no respondió. Solo la miraba con indiferencia, en silencio.
Verlo así la desesperó.
—Alonso…
Al ver a una fingiendo inocencia y al otro con la mirada profunda pero indecisa, Estrella soltó una risa burlona.
—¿Qué mancha? La familia Echeverría es lo suficientemente poderosa como para hacer una prueba de paternidad en secreto. No es tan difícil, ¿o sí?
Mónica sintió que el corazón se le iba a los pies. ¡Esa maldita! ¿No podía cerrar la boca?


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