¿Acaso conocía a la señora Hill?
Y esa risa mientras hablaba por teléfono... sobre todo al ver la expresión en su rostro.
¡La estaba mirando como si fuera una estúpida!
Si conocía a la señora Hill, ¿significaba que sabía todo lo que ella y Mariela habían tramado?
Entonces, ¿se estaba burlando de ellas en su propia cara?
Estrella vio a Isidora, borró la sonrisa de su rostro y respondió al teléfono: —Está bien, nos reuniremos cuando vaya a Inglaterra.
Dicho esto, colgó.
Aunque solo fueron un par de frases, la familiaridad con la que Estrella hablaba con la señora Hill dejaba claro que se conocían desde hace mucho tiempo.
¡Isidora temblaba de rabia!
Estrella dejó el celular, arqueó una ceja y la miró de reojo sin decir nada.
Isidora apretó los puños. —Tú... ¿tú lo sabías todo el tiempo?
—¿Saber qué? ¿Que llamaste a la señora Hill para decirle que yo tenía un amorío con su esposo y que viniera a Nueva Cartavia a destruirme?
Isidora se quedó muda.
¡En efecto, lo sabía todo!
El rostro de Isidora perdió todo color.
¿Qué se sentía cuando la esperanza se hacía añicos?
Incluso con la actitud de la señora Hill en la llamada anterior, Isidora aún guardaba una pizca de esperanza. Pensaba que tal vez la señora Hill estaba de mal humor por su ruptura con el señor Hill y por eso había sido grosera.
Creía que, una vez que se le pasara, vendría a acabar con Estrella.
Pero ahora...
La esperanza se había roto por completo.
Al escuchar a Estrella riendo y charlando con la señora Hill, Isidora entendió que todo había terminado.
Estrella dijo con frialdad: —Es una lástima. Ya te lo había dicho, no vas a ver mi caída, ¡pero tu caída soy yo!
Y así era.
Todo el sufrimiento que Isidora soportaba ahora era obra de Estrella.



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡No te metas con la Cenicienta!