Al escuchar esa frase de Mónica, el corazón de Martín se hundió en un instante.
Una vibra asesina pareció atravesar la línea telefónica.
Mónica continuó:
—¿Cuánto tiempo crees que podrás seguir burlándote? Yo estoy pagando lo mío, ¿pero acaso tú no estás pagando lo tuyo?
—¡Dios no perdona a los malditos!
—¡Cierra el hocico! —Martín, al otro lado del teléfono, estaba que echaba espuma por la boca al escucharla.
Lo que le estaba ocurriendo a la familia Cáceres era exactamente como ella decía; parecía que estaban recibiendo su merecido castigo.
Mónica no se detuvo:
—Qué descaro tienes. Tuviste el valor de hacerme lidiar con la venganza de Alonso contra los Cáceres y todavía querías que salvara al niño.
—¡Usaste a ese niño para manipular a los Echeverría y también me manipulaste a mí! Eres un ser despreciable...
Solo de pensar en las veces que le había rogado a Estrella por ese niño... ¡Incluso se había arrodillado ante Estrella! A Mónica le hervía la sangre del coraje.
Mónica colgó el teléfono.
Las lágrimas no dejaban de correr por su rostro.
Murmuraba una y otra vez la palabra «karma».
Antes no creía en eso, jamás pensó que las acciones tuvieran consecuencias divinas, pero ahora lo creía. Ahora estaba totalmente convencida.
¡En este mundo, todo se paga!
—Sí, así es, eso es el karma —dijo la voz de Isidora a poca distancia detrás de ella.
Mónica se giró y miró a Isidora con una sensación de asfixia.
En los ojos de Isidora había una satisfacción nunca antes vista. Estaba claro que había escuchado toda la llamada de Mónica con Martín.
En ese momento, la mirada de Isidora brillaba con un placer infinito.
—Resulta que el niño no lo pariste tú, jajajaja, jajaja...
Esa risa hirió el corazón de Mónica.
—¿De qué te ríes? Él también usó a ese niño para manipularte a ti.

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