Esa frase, «¿Y si lo que tú parías no era un varón?», hundió a Mónica en un infierno sin fondo.
Le gritó al teléfono con rabia:
—¡Martín, ojalá te mueras de la peor forma!
—Antes no creía en el karma, ¡pero ahora sí! Lo que hice ya se me está regresando, y tú también vas a pagarlas. No, espera, ¡tú ya las estás pagando! ¡Los dos estamos recibiendo nuestro castigo!
—¡Cállate el hocico, loca de atar!
Lo que menos soportaba Martín ahora era escuchar la palabra «karma».
¿Qué karma ni qué nada? Simplemente había fallado.
En su lucha contra Julián, pensó que saldría victorioso con la muerte de este. ¡Pero Julián murió y apareció Estrella para poner todo de cabeza!
No solo estaba destruyendo a la familia Echeverría, sino que también había sacado a la luz los trapos sucios de Martín, provocando que Alonso actuara como un perro rabioso atacando sin cesar a toda la familia Cáceres.
Mónica sentenció:
—Tu final no será mejor que el mío. Pensar en eso me da un poco de paz.
—Tú...
Al escuchar a Mónica, Martín estaba a punto de explotar de furia.
Mónica colgó directamente.
De pie en el viento frío, en ese momento... sintió un vacío como nunca antes.
Ese vacío interior le provocaba una desesperación infinita.
Dolía. Dolía mucho.
Un dolor agudo y constante se extendía por su pecho.
—Karma. Sí, esto es el karma.
Ya fuera ella, o Martín. Incluso toda la familia Echeverría, ¿no estaban todos sufriendo un castigo interminable ahora mismo?
¡Qué buen castigo!
Este castigo les recordaba a cada instante lo que habían hecho en el pasado.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡No te metas con la Cenicienta!