Daniel se pasó un buen rato quejándose por teléfono con Renato, pero ni así logró pensar en una forma de encontrar a Alonso.
Justo cuando estaba por colgar, Daniel soltó de repente:
—Oye, con el desmadre que traen Estrella y Alonso de ejemplo, ¿estás seguro de que tu relación con Violeta podrá desafiar la autoridad de tu papá?
Antes, tanto el jefe de la familia Álvarez como el de la familia Ibáñez se llenaban la boca hablando de delegar poder.
¿Pero qué poder delegaban realmente?
No era más que un entrenamiento temporal para ellos.
El día anterior, cuando regresó de dejar a Alonso, su papá casi lo mata a regaños. ¿Acaso parecía alguien con verdadera autoridad?
Casi lo desheredan y lo corren de la casa, qué iba a estar pensando en poder.
Así que...
Todo eso de cederles el control era de dientes para afuera. A la hora de los chingadazos, la autoridad de los viejos seguía siendo intocable.
Al escuchar esto, Renato se quedó en silencio al otro lado de la línea.
Tras escuchar su suspiro, Daniel añadió:
—Además, Estrella no es como Violeta. Si tu papá decide irse contra Violeta, no vas a poder protegerla.
Estrella ya tenía a Marcelo respaldándola, para empezar.
Y por si fuera poco, a la familia Harrington...
Esa era la verdadera razón por la que un imperio tan grande como el de la familia Echeverría se había derrumbado bajo su mando.
Pero el caso de Violeta era completamente distinto.
Ella no tenía a ningún Marcelo cuidándole la espalda, ni a una familia poderosa detrás.
Y Renato no tenía el mismo nivel de autoridad implacable en la familia Ibáñez que el que llegó a tener Alonso en la suya.
—Mejor preocúpate por tus propios problemas —le cortó Renato.
Daniel se quedó mudo.
O sea, ¿es en serio...?
—Sale, pues. Ya vi que de metiche no gano nada.
Uno que trataba de ser buen amigo y advertirle, y resulta que salía regañado.
Sin decir más, cortó la llamada.
Sin embargo, justo al colgar, una sombra se atravesó frente a él, obligándolo a pisar el freno de golpe por el susto.
El auto se detuvo en seco, haciendo que las llantas rechinaran escandalosamente contra el pavimento.
Por suerte, logró detener el vehículo centímetros antes de atropellar a la persona.
Empapado en sudor frío, Daniel miró hacia el frente. Cuando se dio cuenta de quién era, la sangre le hirvió de coraje.
Entre las familias Álvarez y Galindo ya existía un largo historial de resentimientos. Con todos esos antecedentes, ¿cómo chingados la iba a ayudar?
Mónica caminó hacia él tambaleándose, suplicando con la voz quebrada:
—Ayúdame... te lo ruego.
—¡Eh! ¡Ni te me acerques! —exclamó Daniel.
—Por favor, sálvame.
Daniel se subió de un salto a su coche y, justo cuando ella llegó a la puerta, pisó el acelerador a fondo y huyó de ahí.
Después de la lección del día anterior, ahora salía huyendo más rápido que un conejo asustado.
Mónica cayó al suelo otra vez.
Desde que se fue de la Mansión Echeverría el día anterior, no tenía a dónde ir. Llevaba horas vagando por las calles.
¡El clima afuera estaba helado!
Soportar el viento cortante toda la noche le había provocado un dolor de cabeza insoportable.
Como no había tenido una buena recuperación después de dar a luz, el aire frío parecía calarle hasta los huesos, causándole un dolor punzante.
Apenas lograba mantenerse en pie, pero su objetivo era caminar de regreso a la Mansión Echeverría.
Su propia madre la había tirado a la basura como a un zapato viejo, Martín Cáceres ya la había bloqueado del celular, y ni siquiera Isidora estaba dispuesta a mover un dedo por ella.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡No te metas con la Cenicienta!
Está interesante la novela pero no sé qué pasa al estar en el capítulo 884 y adquirir monedas no está funcionando solo muestra el mensaje error qué pasa...