Dicho esto, Estrella dio media vuelta.
Al escuchar esa orden, Mónica palideció de pánico:
—¡Estrella, pero si ya te vas! ¡Esta casa se va a quedar vacía de todos modos, no tienes por qué...!
—Se quedará vacía, pero tú no vas a vivir en ella —la cortó Estrella, despectiva, y con un gesto ordenó que se la llevaran.
Mónica se ahogó en su propia angustia.
¡Se quedaría vacía, y ni así la dejarían entrar!
¡Era demasiado cruel! Sentía que todo el mundo estaba conspirando en su contra. Su familia la había repudiado, y ahora Estrella la pisoteaba sin piedad.
En sus tiempos de gloria, todo en la familia Echeverría le pertenecía.
Isidora siempre le concedía hasta el más mínimo capricho.
Pero ahora...
¿Quién iba a pensar que Estrella, a la que antes consideraban poca cosa, terminaría adueñándose del imperio completo?
No le había dejado ni las migajas.
Estrella empezó a alejarse.
Los guardaespaldas agarraron a Mónica por los brazos y la arrastraron hacia afuera.
—¡No, suéltenme! ¡No me traten así! —gritaba y forcejeaba, inútilmente.
» ¡Solo quiero quedarme aquí, Estrella! ¡Te lo suplico! ¡Hazlo por compasión!
No tenía adónde ir, y la verdad, no le interesaba ir a ningún otro lado.
Su único consuelo era permanecer en el lugar que albergaba los recuerdos de Julián. ¿Por qué se empeñaban en ser tan despiadados?
La única respuesta que obtuvo fue ver la espalda de Estrella mientras se subía al coche.
Marcelo, muy caballeroso, le sostuvo la puerta.
Desde el piso, Mónica levantó la cabeza.
En el instante en que sus ojos se encontraron con los de Marcelo, un fuego de odio e impotencia se encendió en su interior.
—¡Marcelo, eres un...!
Justo cuando estaba a punto de gritarle una obscenidad.
Y con solo haber pronunciado su nombre, el hombre le lanzó una mirada gélida.
Esa simple advertencia bastó para que se tragara todos sus insultos.
¡Era el peligro encarnado!
La mirada que le dedicó era tan aterradora que parecía prometerle que, si pronunciaba una sola sílaba más, Marcelo no dudaría en romperle el cuello ahí mismo.

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