En ese preciso momento, el celular de Renato vibró con una notificación.
Era un mensaje corto que decía: [Ya quedó arreglado el asunto].
Se lo habían enviado los hombres encargados de vigilar a Violeta.
Conque arreglado...
¡Já! ¿De verdad la muy cínica planeaba hacerse el aborto ese mismo día? Apenas habían terminado y lo primero que se le ocurría era sacar al bebé.
¿Tan duro tenía el corazón? ¿Acaso no soportaba llevar a ese niño en su vientre ni un minuto más?
Al ver la cara de Renato oscurecerse por segundos, Daniel no pudo evitar preguntar: —Y ahora a ti qué te pasa?
—Nada. Solo pensaba en lo desalmada que puede ser esa mujer —masculló.
Daniel frunció el ceño, mudo.
No, eso sí que era meterse en camisa de once varas.
En su momento, todos habían dicho que Estrella era una maldita sin corazón.
Pero, ¿de verdad había sido su culpa?
¡¿Pues cómo le habían hecho la vida imposible los Echeverría?! Esos bastardos realmente querían destruirla.
Esa gente jamás valoró su bienestar ni su vida.
Cuando ella por fin había decidido levantarse y pelear, los mismos desgraciados salían llorando a decir que ella era cruel. ¿Y cómo iba a ser ella la mala del cuento?
La pobre solo había querido protegerse a sí misma.
Por lo tanto, al escuchar a Renato tachar de desalmada a Violeta, ¡Daniel prefirió quedarse callado!
***
Mientras tanto, en el hospital.
Violeta se quedó con cara de idiota cuando en recepción le dijeron que la agenda para abortos estaba completamente llena durante el próximo mes.
Estaba pasmada.
¿En serio había tanta gente queriendo abortar? ¡Era imposible!
Por mucha demanda que hubiera, no tenía sentido que no pudieran darle una simple cita en treinta días.
—Lo sentimos mucho, señorita Pizarro, pero de verdad no tenemos disponibilidad en las próximas cuatro semanas. ¿Por qué no intenta checar en alguna otra clínica? —le sugirió la recepcionista.
—Pero... —titubeó Violeta.
—El problema es que, por el tiempo de gestación, usted no debería aplazarlo. Y a nosotros nos es imposible acomodarla. Una disculpa.
Violeta apretó los labios.
Si la recepcionista ya había sido tan clara, ¿qué más iba a reclamar?
Resignada, no tuvo más remedio que salir corriendo a buscar otro hospital.

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