Tenía el celular apretado en la mano, mirando fijo el nombre que apareció en la pantalla.Después de que la abuela Bernard se enfermara por mi culpa, lo llamé varias veces, pero nunca me contestó.
¿Y ahora por qué me estaba llamando?
¿Será que se enteró de que me mudé y venía a reclamarme?
¿No decía que no quería volver a verme nunca más?
Si me fui, ¿no debería estar contento?
Aunque no quería, sentí algo en el pecho. Sentí algo de esperanza.
Me mordí el labio y, sin pensarlo más, contesté.
Solo podía oír su respiración, mientras mi corazón latía como loco. No sabía ni qué decir.
Después de un rato sin hablar, por fin dijo algo.
Su voz sonaba cortante, como si estuviera dando una orden:
—La abuela Bernard quiere verte. Mañana ve al hospital.
Se me vino abajo todo lo que había sentido.
Sonreí como una boba.
Pensé que me llamaba por la mudanza, pero para él eso no tenía la menor importancia.
Si no fuera porque la abuela lo pidió, seguro ni me habría dirigido la palabra. Mucho menos me llamaría.
Aurora, no puedes dar un paso atrás.
Ya decidiste que vas a seguir tu camino, sin volver a tener algo que ver con él. No puedes seguir soñando con algo que no va a pasar.
Le contesté, tranquila:
—Si la abuela está bien, dile que lo siento muchísimo.
—¡Aurora, escúchame! —Mateo alzó la voz, lleno de rabia.
—¿Qué carajos estás diciendo? ¿No piensas venir al hospital a verla?
Me quedé sin palabras.
Haber roto ese brazalete me quitó las ganas de darle la cara. Y además, con su demencia, a veces se acordaba de cosas, a veces no.
¿Y si justo recordaba que fui yo la que rompió su brazalete, y no que era su nuera?
No me asustaba que me regañara, lo que me daba miedo era que sufriera.
Mateo volvió a hablar, seco:
—¿Entonces mañana vas a venir o no? Es mejor que hables de una vez.
Me quedé mirando el techo. Estaba hecha polvo, con sueño, pero sin poder dormir.
No sé cuánto tiempo pasó, pero de pronto se empezaron a oír pasos y gritos en el pasillo.
Gente discutiendo, borrachos, insultándose.
Todo se podía escuchar dentro del edificio, y era como si estuvieran aquí adentro.
Me acababa de mudar y no me sentía para nada segura.
De la nada, oí unos golpes en mi puerta, y se me tensó todo el cuerpo.
—¡Abre la maldita puerta! —gritaba alguien.
Me puse tiesa de inmediato.
El golpe sonaba horrible, como si fueran a tumbar la puerta.
Con el corazón acelerado, corrí a asegurar bien la cerradura.
Después de un rato golpeando, alguien dijo algo, como si le hicieran notar que se había equivocado de puerta. Por fin, dejaron de golpear y el sonido de los pasos sonaba cada vez más lejos.
Solo cuando todo afuera se calmó, me dejé caer en el suelo, sin fuerzas.
Miraba por la ventana iluminada, y sentí una tristeza que me pesaba hasta en los huesos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo)