Camila, pálida y angustiada, le preguntó a Alan:
—Alan, ¿le pasó algo a Mateo? Llévame con ustedes, quiero ir a verlo.
Alan le respondió con fastidio:
—¡Ya estuvo! ¿Aparte de llorar, sabes hacer otra cosa? No estorbes, quédate aquí en el hotel, ¿sí?
Le habló de malas ganas, y luego me tomó de la mano y nos fuimos rápido al ascensor.
Camila se quedó en el pasillo, llorando bajito.
Pero Alan no era Mateo, no nos importaban sus lágrimas.
Cuando salimos del hotel, noté que ya había oscurecido otra vez.
Nos subimos al carro, y mientras manejaba, Alan me fue contando:
—Hoy no sé qué le pasó a Mateo, estaba fuera de sí. Dijo que iba a ir con Waylon al Paraíso Celestial, pero apenas llegó Waylon, se armó el caos. Mateo, que siempre es tranquilo y reservado, hoy parecía otra persona.
El carro llegó rápido a la avenida principal.
A esta hora, el tráfico estaba pesado y las luces de neón pintaban la ciudad de colores.
Me acordé de cómo Mateo salió del cuarto, con esa mirada amenazante, diciendo que iba a matar a Waylon.
Como dijo Alan, él siempre había sido muy paciente.
Tres años de matrimonio bastaban para saber que aguantaba y aguantaba más que cualquier otra persona.
Entonces, ¿por qué esta vez no se aguantó? ¿Por qué irse a los golpes con Waylon?
¿Solo porque soy su exesposa y no soporta que otro me humille?
¿O... habrá otra razón?
Aunque la fiebre ya se había ido, la cabeza me seguía doliendo.
Todo lo complicado, todo lo que necesitaba pensarse dos veces, ya no me entraba en la cabeza.
Solo pensarlo me dolía más.
Alan dijo:

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