Valerie se quedó impactada un momento y luego dijo:
—Estoy bien, gracias por preocuparte, Javier.
—Me alegra oírlo —respondió él, tranquilo.
Al final, volvió a preguntarle a Valerie:
—¿Ya comieron? Las invito a cenar.
Valerie me miró extrañada y, después, le sonrió a Javier con picardía:
—La verdad, si quieres invitar a Aurorita, puedes decírselo directamente.
Con esas palabras, lo dijo todo.
Así que Javier me preguntó directamente:
—¿Te parece bien?
Yo estaba a punto de decirle que no, cuando de la nada sentí una mano en mi hombro.
Una persona alta se apoyó en mi espalda y, en un instante, un abrazo conocido me rodeó.
Alcé la mirada y vi a Mateo, que me sonreía.
Era una sonrisa tranquila y llena de ternura.
Mi corazón se llenó de alegría:
—¿Cómo supiste que estaba aquí?
Mateo me alborotó el pelo y dijo:
—Vine preguntando.
Sonreí, pero cuando volteé, me encontré con la mirada acongojada de Javier.
No me gustó esa mirada, me hizo sentir como si le debiera algo.
Apreté los labios y le dije:
—Hace un momento me invitaste a cenar. Te iba a decir que no, gracias, porque voy a salir a comer con mi esposo.
La cara de Javier se puso un poco más pálida.
Aun así, me sonrió:
—Está bien.
Dicho eso, se volvió a sentar.
Carlos seguía recargado en la pared, con la cabeza agachada, sin hablarle ni mirarle a nadie.
Los miré con indiferencia y luego le sonreí a Mateo:

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