Iván parpadeó y parpadeó, estudiando con curiosidad la posición en la que estaba Sania.
—¡Sani! ¡Vine a verte!
A Sania se le encendieron las orejas al instante, rojas como si fueran a sangrar. Le dio un golpecito al hombre debajo de ella.
—Ya… bájate.
Evaldo chasqueó la lengua, fastidiado, y se levantó de la cama a regañadientes.
Entrecerró los ojos, mirando al mocoso con una cara de pocos amigos.
Justo cuando por fin se estaba armando un momento bonito… este niño lo había arruinado.
Desde la puerta, Sandro carraspeó y entró apoyado en su bastón.
—Je, je… Sani, te ves con mejor color. Ayer me dijeron que te desmayaste y casi me da algo del susto.
Sania recién cayó en cuenta: se había desmayado y había pasado un día entero fuera.
—¡Sí, Sani! ¡Iván también se asustó muchísimo!
—¡Sani, yo te soplo, te soplo y así se te quita!
Evaldo vio esa carita redonda acercándose a su esposa y soltó un bufido. Con dos dedos, jaló a Iván del cuello de la camiseta.
—¿En la escuela no te enseñaron a no pegarte tanto a la gente?
—Iván, ella es mi esposa. De ahora en adelante, aléjate de mi esposa.
A Sania le ardieron más las mejillas. Le lanzó una mirada asesina a ese hombre sin filtro.
—Iván, no le hagas caso. Está bromeando.
Iván hizo un puchero leve, metió la mano al bolsillo y sacó una barra de chocolate.
—Sani, este es mi sabor favorito. Si te da hambre, cómetelo. No te vuelvas a desmayar.
Iván, de lo inocente, creyó que Sania se había desmayado por no comer, así que le ofrecía su dulce favorito.
Miró a Evaldo con un poquito de desprecio: ¿cómo que ni comida le daba? Qué malo.
Evaldo no se metió con los pensamientos del niño y miró a su papá.
Alejandro puso todas sus esperanzas en su hija.
—Noa, habla con Marco. Si él no nos ayuda, no vamos a salir de esta.
Los ojos de Noa destellaron.
Sí iba a hablar… pero debía medir las palabras. Lo de que Evaldo era quien estaba moviendo todo no podía decirlo tan claro. Si Marco se enteraba de que su enemigo se había casado con su ex, se iba a armar un desastre.
—Papá, Marco dijo que a fin de mes firmamos el acta. Aguanten un poquito la empresa, y para fin de mes todo va a mejorar.
Alejandro suspiró.
—No queda de otra.
—Noa, ya no puedes seguir siendo tan caprichosa.
Noa hizo una mueca.
—¡Papá, ya te dije que lo de su abuela enferma no fue culpa mía!
—Tú tranquilo. No voy a dejar que nuestra empresa se venga abajo.

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