Iván era el segundo en salir. Le dio miedo que Ramona no alcanzara a llegar y fue a buscar al maestro para cambiar el orden, pero el maestro era estricto y no aceptó.
Sania notó su ansiedad.
—Dijeron que en diez minutos llega. Sí alcanza.
Todavía faltaba un poco para empezar. A Iván le dio un retortijón, se agarró la panza.
—Papá, ¡me anda del baño!
Roque se levantó y lo acompañó.
—Vamos. Si te tardas, no alcanzas a presentarte.
Roque se quedó esperando afuera y de pronto le entró una llamada del asistente. Como había mucha gente y ruido, le gritó hacia el baño:
—Iván, voy a contestar aquí afuera. Cuando salgas, espérame tantito.
—¡Ya sé!
Con eso, Roque se fue a un rincón más tranquilo para hablar.
Y mientras Iván hacía fuerza, escuchó dos voces que no le gustaron nada.
—¿Tú qué vas a hacer?
—Recitar un poema. ¿Y tú?
—Violín.
—Ah, ¿o sea que vas a hacer lo mismo que el gordito? Ya te fregaste. Dicen que el gordito tiene palancas, que su papá es bien pesado.
—Pues que sea pesado. Si toca feo, ¿le van a dar el primer lugar nomás porque sí?
Iván se limpió como pudo, jaló el agua y abrió la puerta de golpe.
—¡Tú eres el gordito!
Pero afuera solo había un niño entrando. Los dos que habían hablado ya se habían ido.
De lo rápido que se movió, reventó el botón del saco.
Iván se sintió fatal. Al salir, encima no vio a su papá por ningún lado y se sintió peor.
Ramona salió del baño de al lado y vio al niño, con los ojos rojos.
—Iván, ¿alguien te hizo algo?
Iván, al ver esa cara que le recordaba a su mamá, sintió que se le apretaba la nariz.

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