El sonido de la bofetada fue seco, brutal. Resonó por encima de los violines, incluso silenciando las conversaciones cercanas.
La cabeza de Liam giró violentamente hacia la izquierda por la fuerza del impacto.
La música se detuvo.
Cien pares de ojos se giraron hacia el ventanal. El silencio en el salón de baile fue sepulcral, solo roto por la respiración agitada de Olivia.
Su palma ardía. Le dolía. Había golpeado hueso.
Liam se quedó inmóvil un segundo eterno, con el rostro girado. La marca roja de los dedos de Olivia empezó a florecer en su mejilla pálida.
Lentamente, terroríficamente despacio, Liam volvió a mirarla.
Lucas se había llevado las manos a la cabeza, horrorizado. Claritza temblaba, llorando en silencio.
Los ojos de Liam ya no eran hielo. Eran fuego puro. Un incendio oscuro y descontrolado. Se pasó la lengua por el interior de la mejilla golpeada. Su mandíbula se tensó tanto que parecía que los dientes se le iban a romper.
—Tú... —Su voz fue un gruñido subterráneo.
Dio un paso hacia ella. La amenaza física era palpable.
Olivia no retrocedió. Aunque el corazón le iba a estallar en el pecho, levantó la barbilla, enfrentando la tormenta que acababa de desatar.
—A mi hermana no la insulta nadie —siseó Olivia. Su voz temblaba de furia, pero se escuchó clara en el silencio—. Puede comprar la ciudad entera, Cross, pero el dinero no compra la clase. Y usted no tiene ninguna.
—¡Seguridad! —bramó Liam, sin dejar de mirarla a los ojos.
Dos guardias de traje negro aparecieron de la nada, abriéndose paso entre la multitud escandalizada.
—Sáquenlas —ordenó Liam. Su voz era muerte fría—. Y asegúrense de que sus nombres queden en la lista negra de toda la ciudad.
Un guardia agarró a Olivia del brazo con fuerza excesiva. El otro tomó a Claritza, que sollozaba abiertamente, mientras la sacaba del recinto.
—¡No me toque! —Olivia se sacudió al guardia, pero fue en vano, no pudo detenerlo.
*****
La mañana siguiente no trajo el sol. Trajo un dolor de cabeza martilleante y el rugido de motores diésel que sacudió los cimientos de la vieja casona Montenegro.
Olivia saltó de la cama. Su mano derecha palpitaba, un recordatorio fantasma del impacto contra la cara de Liam Cross anoche.
Corrió a la ventana.
La calle no tenía una excavadora. Tenía cinco.
Un ejército amarillo con el logo CROSS HOLDINGS bloqueaba el sol. Y detrás de ellas, patrullas de policía con las luces azules girando en silencio.
No venían a demoler la casa de la señora Goya. Venían por la suya.
—Papá... —murmuró Olivia, bajando las escaleras de dos en dos.
Encontró a su padre, Arturo, en el vestíbulo. Llevaba su bata de terciopelo raída y sostenía una taza de café con una calma exasperante.
—Curioso —dijo Arturo, mirando por la ventana—. Parece que tu amigo el Sr. Cross es rencoroso. Buena técnica con la mano abierta, por cierto. Tu abuela estaría horrorizada, pero secretamente orgullosa.
—¡Papá, esto es serio! —Olivia abrió la puerta principal de un tirón.
El calor y el polvo la golpearon.
Un hombre bajito, con cara de comadreja y un portafolios de cuero, estaba en su porche, flanqueado por dos policías.
—¿Olivia Montenegro? —preguntó el abogado, sin mirarla.
—¿Qué demonios es esto? ¿Teníamos tiempo? —bramó ella.
—Tenían —corrigió el abogado con acento burocrático, extendiéndole un documento—. El acreedor ejecutó la cláusula de vencimiento anticipado por riesgo de insolvencia. Debe irse ya.
—¿Quién mandó a hacer esto de esta manera? —exigió Olivia, sintiendo que la sangre le hervía.
—Cross Capital Ventures.
Por supuesto.
—¡Es ilegal! —gritó Olivia—. ¡Esto es una venganza personal!
—Es legal, señorita. La orden está firmada por un juez. Empiecen a empacar.
Un claxon sonó detrás de las patrullas. Grave. Autoritario.
El mar de máquinas y policías se abrió. Un Mercedes Benz negro, reluciente, avanzó despacio y se detuvo justo frente a la puerta de Olivia, pisando sus rosales muertos.
La puerta trasera se abrió.



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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: PROHIBIDO EL PASO SR. CEO. Juego de orgullo.