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PROHIBIDO EL PASO SR. CEO. Juego de orgullo. romance Capítulo 4

El polvo tardó diez minutos en asentarse sobre el jardín, pero el silencio que dejó la camioneta de Liam Cross pesaba más que las tres máquinas abandonadas frente a la casa.

Olivia intentó ponerse de pie. El mundo le dio vueltas. Un dolor agudo le subió desde el hombro derecho hasta la base del cráneo, cegándola por un segundo.

—¡No te muevas!

Claritza cayó de rodillas a su lado.

—Estás herida —sollozó su hermana—. Oli, te golpeó. Te golpeó de verdad. Tenemos que llamar a una ambulancia.

—No —graznó Olivia. Se apoyó en el brazo izquierdo y escupió el sabor a tierra y bilis que tenía en la boca—. No hay dinero para ambulancias. Y no voy a darle el gusto de verme en una camilla. Ayúdame a entrar.

Entre Claritza y Mariana, la llevaron hasta el porche. Lidia las seguía de cerca, pálida como un papel, con el teléfono colgando de la mano, ya sin fuerzas para grabar.

—Se fue... —susurró Lidia, mirando la calle vacía—. Huyó. Oli, lo asustaste.

—No huyó —dijo Olivia, apretando los dientes cuando la sentaron en el viejo sofá de terciopelo del salón. Cada movimiento era una tortura—. Se retiró para reagruparse. Ese hombre no pierde, Lidia. Solo cambia de estrategia.

El interior de la casa estaba en penumbra. Su madre, Isabela, bajó las escaleras con una mano en el pecho y la otra sosteniendo un frasco de sales.

—¡El ruido paró! —exclamó Isabela—. ¿Se han ido?

Arturo Montenegro, que había entrado tras sus hijas, cerró la puerta principal y pasó el cerrojo con una calma que a Olivia le pareció delirante.

—Se fueron, mujer. Pero dejaron sus juguetes en el jardín —dijo, señalando hacia la ventana donde se recortaba la silueta monstruosa de la excavadora—. Y a tu hija casi la convierten en parte del paisaje.

Isabela soltó un grito al ver a Olivia cubierta de polvo y sujetándose el brazo.

—¡Dios mío! —Isabela corrió hacia ella, pero en lugar de ayudar, se echó a llorar—. ¡Nos van a matar! ¡Te dije que sonrieras, Olivia! ¡Mira lo que has hecho!

—¡Mamá, basta! —cortó Claritza con un grito inusual en ella—. ¡Trae alcohol y vendas! ¡Mariana, busca algo frío! Yo voy a lavar la herida.

Olivia cerró los ojos, dejando caer la cabeza hacia atrás en el respaldo.

Le dolía hasta el alma, pero sentía una extraña satisfacción oscura. Había visto el terror en los ojos de Liam Cross. Por un segundo, el rey del hielo había temblado.

Claritza corrió a la cocina. Se escuchó el ruido de un grifo abriéndose.

Y luego, nada.

El sonido característico del agua fluyendo no llegó. Solo hubo un gorgoteo seco, agónico, de las tuberías vacías.

—¿Clari? —llamó Olivia, abriendo un ojo.

—No sale —dijo Claritza desde la cocina.

—¿Cómo que no sale? —preguntó Mariana.

Claritza volvió al salón. Tenía una toalla seca en la mano y la cara desencajada.

—No hay agua, Oli. Ni una gota.

Olivia sintió un frío en el estómago que nada tenía que ver con el aire acondicionado.

—Prueba la luz —ordenó.

Lidia corrió al interruptor y lo accionó frenéticamente. Click, click, click.

Nada. La lámpara de araña siguió muerta.

—El ventilador tampoco prende —gimió Isabela, entrando en pánico, abanicándose con las manos—. ¡Hace calor! ¡Me va a dar algo!

En ese momento, el celular de Lidia emitió un pitido agónico. 5% de batería.

—Me llegó un mensaje —dijo Lidia, leyendo la pantalla con horror—. Es de la compañía eléctrica. "Servicio suspendido en la Zona 4 por riesgo estructural inminente en zona de construcción. Orden judicial #45-B".

Olivia soltó una risa seca, sin humor. El dolor en su hombro palpitó con fuerza.

—Ahí está —murmuró—. No se fue huyendo. Se fue a cortar los cables.

—¿Qué significa eso? —preguntó Caty, que acababa de despertar de su desmayo.

—Significa asedio —dijo Olivia.

Se puso de pie a pesar del mareo, caminando hasta la ventana. El sol del mediodía parecía achicharrar la casa.

Sin árboles porque Liam los había talado el día anterior, la casona era un horno.

—Nos va a cocinar vivos. Quiere que salgamos por nuestra propia voluntad, rogando por un vaso de agua.

—Pues yo no ruego —dijo Arturo, sentándose en su mecedora—. Tengo vino en la despensa. El agua está sobrevalorada.

—Papá, esto no es un chiste —dijo Claritza, llorando de impotencia—. Olivia necesita lavarse esa herida. Se le va a infectar. Y hace cuarenta grados aquí dentro.

Así la tarde se convirtió en una tortura lenta y silenciosa.

Capítulo 4. Asedio 1

Capítulo 4. Asedio 2

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