—¡Bájese de ahí! —gritó uno de los policías, desenfundando la porra.
Olivia no escuchó. Estaba parada sobre el capó del Mercedes destrozado, jadeando, con una piedra en la mano y su pijama de dormir, ondeando como una bandera de guerra.
—¡La voy a taser! —advirtió el oficial, apuntando el arma eléctrica. El zumbido de la corriente crepitó en el aire.
Liam Cross reaccionó.
No fue racional. Fue instinto puro. Ver a un policía apuntar un arma a esa mujer disparó algo oscuro en su cerebro.
—¡NADIE LA TOCA! —rugió Liam.
Su voz paralizó a los oficiales. Liam se abalanzó sobre el auto. Agarró a Olivia por la cintura con un brazo de hierro y la arrancó del capó de un tirón violento.
Ella gritó, pataleando, intentando golpearlo con la piedra.
—¡Suélteme, maldito!
Liam la estrelló contra el lateral del Mercedes abollado. El golpe le sacó el aire a Olivia. Quedó atrapada entre el metal caliente y el cuerpo duro de él.
—¡Basta! —gruñó él, atrapándole la muñeca en el aire y apretando hasta que ella soltó la piedra.
La sacudió una vez.
Estaban pegados. Pecho contra pecho. Respiraciones mezcladas. Él estaba furioso, con el traje lleno de polvo y los ojos dilatados. Ella estaba despeinada, salvaje, con los labios rojos de ira.
Liam bajó la mirada a su boca. La inercia los acercó. Parecía que iba a besarla o a morderla. La tensión era tan densa que podía cortarse con un cuchillo.
—Me llegas a besar y te los arranco —siseó Olivia contra sus labios.
Liam se detuvo en seco. El hechizo se rompió por el insulto. Retrocedió un paso, soltándola con asco, como si quemara.
—No quiero besarte. No te confundas —escupió él, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Ni que fueras tan deseable.
Se giró y miró su Mercedes. El parabrisas estaba hundido. El capó, abollado. Quince mil dólares de daños en diez segundos.
Olivia se alisó el pijama, recuperando el aliento, sintiéndose victoriosa.
—Váyase, Cross —lo retó ella—. Vaya a llorar a su mansión.
Liam la miró. Y sonrió.
No fue una sonrisa bonita. Fue una mueca terrorífica.
—¿Irme? —Liam se quitó el saco del traje y lo tiró al suelo, sobre el polvo—. Oh, no, cariño. Tú quisiste jugar a romper cosas. Ahora vamos a jugar en serio.
Liam dio media vuelta y caminó directo hacia la excavadora más grande.
—¡Bájate! —le ordenó al operario que estaba en la cabina.
El hombre obedeció al instante, aterrorizado por la cara de su jefe.
Liam trepó a la máquina. Sus manos agarraron las palancas.
—¡Papá, salgan de la casa! —gritó Olivia, entendiendo de golpe lo que iba a pasar. El pánico le heló la sangre—. ¡Va a derribarla ya!
El motor diésel rugió. El humo negro escupió al cielo.
Liam no esperó permisos. No esperó a los abogados. Giró la máquina hacia el porche de los Montenegro.
—¡Está loco! —chilló Lidia, su hermana menor, desde la ventana del piso de arriba, grabando todo con manos temblorosas—. ¡Nos va a matar!
Olivia no corrió hacia la casa. Corrió hacia la máquina.
Se plantó en medio del camino.
—¡No te atrevas! —gritó ella, alzando los brazos—. ¡Tendrás que pasar por encima de mí!
Desde la cabina, Liam la vio. Sus ojos grises estaban inyectados en sangre. La adrenalina le nublaba el juicio. Quería asustarla. Quería verla correr. Quería verla quebrarse y suplicar.
Muévete, pensó él. Muévete o no respondo.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: PROHIBIDO EL PASO SR. CEO. Juego de orgullo.