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Quédate con tu cuñada, querido exesposo romance Capítulo 189

Aunque todos parecían estar enfocados en la niña, el ambiente se sentía pesadísimo, casi sofocante.

Al terminar la cena, Luca se ofreció a revisar la mochila de Iria para ver si no había olvidado nada. Mientras acomodaba sus útiles, Luca sintió por primera vez que, en esa sala que había visitado tantas veces, no era más que un intruso indeseable.

La familia de tres estaba a punto de marcharse. Liliana dejó su taza de té en la mesa y los acompañó a la puerta:

—Portate bien, Irita. Hazle caso a tus papás, no hagas travesuras y acuérdate de mí.

—Sí, siempre me voy a acordar de ti, abuelita. —Iria abrazó la pierna de Liliana con ternura.

Liliana le acarició el cabello, y cuando su mirada pasó hacia Luca, su expresión se volvió fría:

—Vayan con cuidado.

—Natalia, Alberto se llevó el coche, me iré contigo. —Al terminar de hablar, Luca abrió la puerta trasera del auto de Natalia y se sentó junto con Iria en los brazos.

Natalia se despidió de su mamá y encendió el motor.

El coche se alejó lentamente de la calle arbolada. En el interior, Iria no paraba de hablar sobre las aventuras en su escuela. Natalia iba concentrada al volante, mientras Luca escuchaba atentamente a su hija y platicaba con ella.

Tras más de una hora de trayecto, llegaron a la residencia de la familia Torres.

Marta bajó a recibir a Iria y la llevó a bañarse. Natalia se quedó sentada en la sala, preparándose una taza de té, mientras que Luca subió al despacho en el segundo piso.

En ese preciso momento, el celular de Natalia empezó a sonar.

Identificador de llamadas: Cristina.

Los dedos de Natalia, que sostenían la taza de té, se detuvieron. Su suegra casi nunca le marcaba, y menos a esa hora…

Un mal presentimiento la invadió.

Natalia estiró la mano y contestó.

—¡Mamá! —Su voz sonaba tan tranquila como siempre.

La voz de Cristina tronó a través del auricular, llena de furia y regaños desde el primer segundo:

—Natalia, ¿qué demonios pretendes?

Natalia apretó el celular con más fuerza, pero no dijo nada. Se limitó a escuchar en silencio.

—¿Te enteraste que Denisa está internada? Tiene fiebre alta, le falta el aire y está tan débil que ni siquiera puede levantarse. —Las palabras de Cristina salían atropelladas y llenas de rabia, como si las estuviera apretando entre los dientes—. Sé que tienes tus problemas con ella, pero no tenías por qué rebajarte a usar tácticas tan bajeras para atacarla. Se te olvida que sigues siendo la nuera de la familia Torres. Mientras vivas aquí, compórtate a la altura y no nos avergüences ante los demás.

Natalia frunció el ceño inevitablemente.

—Mamá, disculpe, pero me niego a aceptar estos ataques y especulaciones que no tienen pies ni cabeza —Natalia adoptó una postura firme—. Ojalá investigue primero cómo pasaron realmente las cosas. Si cree que yo planeé hacerle daño, demuéstremelo. Rechazar la entrevista fue una decisión totalmente personal y no le incumbe a nadie más. El que Denisa haya conseguido la entrevista es mérito y oportunidad de ella; jamás me opuse a eso, ni hice comentarios al respecto. Todo ese cuento de que yo intento arruinarla es falso, no se lo permito.

Hubo un silencio sepulcral del otro lado de la línea, interrumpido únicamente por la respiración agitada de Cristina.

—Aunque… aunque tú hayas rechazado primero la entrevista, las ofensas que escupió tu empleada no son un invento. Tu error fue no saber poner en su lugar a tus subordinados. —Ante la firmeza y lógica de Natalia, la arrogancia de Cristina bajó varios niveles.

—Pierda cuidado, ya estoy tomando cartas en el asunto con la gente a mi cargo. —Natalia no objetó en ese punto.

Cristina soltó un largo y profundo suspiro:

—Natalia, qué bueno que estés aprendiendo a volar sola, pero la familia Torres no está para soportar chismes ni a gente conflictiva que solo envenena el ambiente. Más te vale medir tus pasos.

Dicho esto, le colgó sin darle oportunidad de responder.

Natalia aventó el celular sobre la mesa. Sentía que una red invisible la iba atrapando y estaba destrozando la ya de por sí frágil relación que tenía con su suegra.

***

Ya era bastante tarde. Luca se había bañado y ahora estaba secándole el pelo a su hija. Iria se moría de sueño desde que venían en el coche; si aguantó despierta hasta llegar, fue únicamente porque él estuvo distrayéndola.

Ahora, recostada boca arriba en la cama, dejaba que Luca le secara el pelo mientras roncaba plácidamente, totalmente dormida.

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