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Quédate con tu cuñada, querido exesposo romance Capítulo 305

Natalia detuvo su marcha y, bajando la voz, preguntó:

—¿Qué le quieres modificar?

Luca miró de reojo hacia la sala. Marta estaba en el balcón ayudando a Iria a lavarse las manos, así que él también bajó el tono de voz, aunque con una expresión un tanto gélida:

—Acepto todas las cláusulas que propusiste, pero yo también quiero imponer mis propias condiciones.

Natalia estaba a punto de contestar cuando vio a Iria corriendo hacia ellos agitando sus manitas mojadas. Se mordió el labio inferior y murmuró:

—Ahorita seguimos platicando de esto.

Al ver acercarse a su hija, Luca guardó silencio oportunamente.

—¡Mamá! ¡Tengo muchas ganas de ir al museo en la tarde! Hace mucho que no voy, ¿me llevas?

Natalia dudó por un instante, a punto de decirle que sus heridas en las piernas aún no sanaban por completo y le dificultaban salir, pero se tragó las palabras.

Luca se agachó de inmediato y le habló con tono suave:

—Irita, tu mamá tiene que hacer experimentos en la tarde. ¿Qué te parece si mejor te llevo yo?

—¿De verdad me llevas al museo? —Iria parpadeó, incrédula.

—Si quieres ir al museo, vamos al museo —le concedió Luca.

—¡Sí! Mamá, ¿de verdad no quieres venir? —preguntó Iria, un poco desanimada.

Al notar la tristeza en la carita de su hija, Natalia intervino sin pensarlo:

—Sí, sí voy contigo, aunque no creo que te pueda cargar en brazos.

En cuanto Iria escuchó que su mamá los acompañaría, su ánimo cambió radicalmente:

—¡Prometo que me portaré muy bien! Voy a caminar yo solita, no necesito que me cargues.

Natalia esbozó una sonrisa de resignación. Aunque ahorita su hija lo jurara muy convencida, sabía que en cuanto le pegara el cansancio o el sueño, no querría dar ni un paso más.

—No te apures, ¡yo la cargo! —Luca clavó su mirada oscura en Natalia, genuinamente sorprendido de que hubiera accedido a ir con él y con la niña al museo.

En realidad, Natalia lo hacía por sus propios motivos. El divorcio estaba a la vuelta de la esquina, así que las oportunidades de pasear los tres juntos como familia serían cada vez más escasas. Aprovechando que el trámite aún no se concretaba, estaba dispuesta a compartir tiempo con él para cumplir los deseos de su hija.

Marta, al enterarse del plan familiar, se apresuró a empacar algunas botanas y agua para el camino.

—Vamos en mi coche, Alberto ya nos está esperando abajo —indicó Luca.

Natalia no puso peros. Tomó la bolsa con las botanas y el agua, mientras Iria caminaba brincando de alegría tomada de la mano de Luca.

Al observar la figura pequeñita y rebosante de felicidad de su hija, Natalia sintió un nudo en la garganta. Esa escena familiar no volvería a repetirse, y el solo pensarlo le estrujaba el pecho, por lo que prefirió no darle más vueltas al asunto.

Durante el trayecto hacia el museo, Iria no paraba de platicar. Luca le seguía la corriente en todo y el ambiente entre padre e hija era inmejorable, pero Natalia se mantenía inmersa en el silencio.

Cada vez que Luca volteaba a ver a la niña, su mirada se deslizaba un poco más hasta posarse en el rostro de Natalia.

Al percatarse de que el hombre analizaba sus reacciones, ella giraba la cabeza para mirar por la ventanilla.

Luca notó a la perfección la fuerte reacción de rechazo en el cuerpo de la mujer que acababa de sostener, y su mirada se ensombreció. Su mente se llenó, inevitablemente, de recuerdos de otras épocas.

Antes de que la situación entre ellos llegara a este punto crítico, su trato era bastante cordial. Natalia jamás habría reaccionado de esa forma. Ahora, al más mínimo roce, ella se ponía a la defensiva, como si la hubiera tocado algo asqueroso.

Luca apretó los labios con fuerza y el ánimo le decayó en cuestión de segundos.

Iria, por el contrario, no se dio cuenta del ambiente pesado que se había formado entre sus padres. Solo quería bajarse a caminar por su cuenta y, brincando por todos lados, agarró fuertemente las manos de los dos, señalando y preguntando cosas sin parar con su parlanchina vocecita.

Natalia le seguía la corriente en todo a su pequeña y su semblante se notaba tranquilo.

Para los ojos de los demás, lucían como una familia hermosa y perfecta, atrayendo miradas por doquier.

Cruzaron el pasillo y llegaron a la sala de huevos de dinosaurio. Dentro de las vitrinas se exhibían infinidad de fósiles, lo cual maravilló a Iria.

La pequeña levantó su dedito y preguntó:

—Mamá, ¿estos eran los huevitos de los dinosaurios bebé?

—Así es.

—¿Y ellos también tenían un papá y una mamá?

Natalia se quedó callada.

Luca se agachó a la altura de su hija y, con un tono sumamente cariñoso, le explicó:

—Ahorita ya son fósiles, pero en la antigüedad, el papá y la mamá dinosaurio los protegían hasta que salían del cascarón, y luego los cuidaban hasta que se hacían grandes.

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