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Quédate con tu cuñada, querido exesposo romance Capítulo 347

—Llevamos siete años viviendo de la misma manera, ¿por qué de repente, después de tanto tiempo, ya no lo soporta? —Luca seguía sin entender el cambio de actitud de Natalia.

Él sentía que no había hecho nada fuera de lugar. Después de la muerte de Adrián, simplemente le había brindado más atención a Denisa, viéndola como su cuñada y como a una hermana. ¿Por qué eso se había convertido en un pecado imperdonable para todo el mundo?

—No tienes remedio, en serio, no tienes remedio. ¿Acaso entiendes lo que es el amor? ¿O de verdad crees que solo porque Natalia no hace berrinches, no te exige nada y no te causa problemas, significa que su relación está estable?

La abuela miraba a su brillante nieto, completamente estupefacta. Al parecer, de verdad existían hombres de treinta años con la inteligencia emocional de una piedra.

Al ver a su abuela tan alterada, Luca decidió de inmediato que no valía la pena seguir discutiendo.

—Está bien, abuela. Yo mismo me pondré a pensar en esto. Pero, por favor, ya no te metas en la vida amorosa de Denisa. Deja que ella decida; tiene derecho a hacerlo —dijo Luca, calmando sus emociones y bajando el tono de voz.

La anciana se dio un par de golpecitos en el pecho con el puño cerrado para intentar calmarse. Luego, levantó la mirada hacia Luca.

—A ver, te preocupas tanto por ella, te alteras tanto... ¿por qué exactamente?

Esa pregunta fue como una pedrada directa al orgullo de Luca. Se quedó pasmado al instante.

Sus labios temblaron ligeramente; quería decirle que era porque la veía como familia, como a una hermana. Sin embargo, por alguna razón, esas palabras se le atoraron en la garganta como si pesaran una tonelada, y no pudo articularlas.

Luca evadió el tema una vez más:

—Sea por la razón que sea, no debiste organizarle algo así. Es una falta de respeto para ella.

El imponente cuerpo de Luca se tambaleó. Retrocedió un par de pasos hasta recargarse en la pared; parecía que solo así podía sostener el peso del repentino agotamiento que lo invadió. Bajó la mirada y su voz salió rasposa:

—Abuela, yo jamás le he dado alas. Solo... solo quiero que sea feliz.

—¡Já! ¿No le has dado alas? Pero tampoco le has puesto un alto —La abuela desarmó su hipocresía sin piedad—.

—¿O en serio planeas jugar a dos bandos y tener a ambas mujeres bailando en la palma de tu mano? Luca, no seas tan ambicioso. A partir de ahorita, vas a cortar de raíz cualquier pensamiento indebido y tomarás el camino que debe ser.

Luca se quedó ahí de pie. Sintió cómo todas sus fuerzas lo abandonaban en un instante, y un rastro de vulnerabilidad cruzó por su rostro.

Quería contradecirla, excusarse, defenderse, pero de pronto se dio cuenta de que no tenía cómo hacerlo.

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