A Leonardo y a Liana no les caería nada mal que estallara otro escándalo para desviar la atención de sus propias bajezas.
Y qué mejor blanco que la relación entre Alejandro y Elena.
Con el carácter explosivo de la señora Vargas, si llegaba a enterarse de que estos dos planeaban casarse, armaría un alboroto de proporciones épicas y nadie se acordaría más del amorío de Leonardo.
Alejandro los cortó con una frialdad cortante.
—Elena y yo llevamos nuestro propio ritmo. No es necesario que se mortifiquen por nosotros.
Viendo que no había por dónde entrarle, Leonardo insistió.
—Ya que el señor Vega parece llevarse tan bien con Elena, ¿por qué no nos hacen el favor de unírsenos a comer un día de estos para platicar un poco?
Alejandro frunció el ceño con desdén.
—Los asuntos de la familia Vargas no tienen nada que ver con ella. Si tú quieres hacer negocios con Brais, arréglatelas solo, tío Leonardo. No metas a Elena en tus jugadas.
A Leonardo se le torció el gesto.
—No seas así, Alejandro. Si ella está contigo, entonces ya es tu mujer. Es imposible que los asuntos de la familia no le conciernan.
—Dije que no tiene nada que ver, y punto final —sentenció Alejandro con una autoridad abrumadora—. Tenemos prisa. Buenas noches.
Tomó a Elena por la cintura y se marcharon sin mirar atrás.
Leonardo se quedó mirándolos con cara de pocos amigos.
Le parecía una falta de respeto brutal que su sobrino no lo tratara con la deferencia que merecía.
¿Qué tanto le costaba prestarle a su mujercita un par de horas para amarrar un negocio?
De camino a casa, Elena no pudo aguantarse las ganas de comentar.
—Ese tío tuyo parece un zorro escurridizo. Y Liana... a esa mujer no se le escapa una. La verdad es que están hechos el uno para el otro.
Alejandro soltó una carcajada amarga.
—Lidiar con él es un paseo por el parque. Los que realmente son de temer en mi familia son el tío Nicolás y la tía Oihana.
—¿Y ellos cómo son? —preguntó Elena con genuina curiosidad.
Con razón Alejandro odiaba tanto a su propia familia. Estaba rodeado de víboras.
A la mañana siguiente, Elena tomó su vuelo de regreso a Ciudad del Río.
Para su mala suerte, apenas se acomodó en su asiento, descubrió que Brais estaba sentado justo a su lado.
—¡Qué coincidencia, señorita Navarro! ¿Viaja a Ciudad del Río? —preguntó él con una sonrisa deslumbrante.
—Así es, soy de allá y es donde resido —respondió ella por pura cortesía.
—¡Increíble! Yo también voy a visitar a unos familiares. Es el destino que hayamos coincidido en este vuelo.
Elena asintió sin mostrar mayor emoción, dejando claro que no tenía intenciones de seguir la charla.
Pero Brais parecía no captar las indirectas.
Se pasó todo el viaje hablando de su familia, su trabajo, su círculo social, y si lo dejaban, hasta le recitaba su árbol genealógico.
Elena se limitó a escuchar en silencio. Cuando el avión por fin aterrizó, sintió que el alma le volvía al cuerpo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....