Aunque su relación ahora era muy distante, al menos ella tenía una casa grande donde vivir y ya no tenía que hacer de niñera sirviendo a Beatriz todos los días, como en el pasado.
El Grupo Romero no había caído. Con el dinero de la familia Thorne, tarde o temprano recuperarían su antigua gloria.
Y en el futuro, toda la fortuna de la familia Romero sería para su hijo.
Aunque Diego no volviera a casa.
A ella ya no le importaba.
Había vuelto a trabajar en el laboratorio de Fausto, pero, afectada por los problemas de su vida personal, su desempeño profesional tampoco era muy bueno.
Ahora, al ver a Elena triunfar tanto en el amor como en el trabajo, y con su hija rodeada de tanta gente que la cuidaba y mimaba, sintió una punzada de celos.
Pensó que podría ganarle a Elena, pero nunca imaginó que, al final, la que terminaría en una situación lamentable sería ella misma.
Miró a Elena y le dijo con un tono sarcástico:
—Elena, no cantes victoria tan pronto. Aún no me he dado por vencida. Algún día te dejaré con la boca abierta.
Elena no entendía de dónde venía esa inexplicable competitividad, pero tampoco le dio importancia. Solo le dirigió una mirada indiferente.
En ese momento, la vendedora se acercó con un juguete.
—Disculpe que la haya hecho esperar tanto —le dijo a Elena—. Este juguete estaba agotado y es el último que nos queda en la tienda.
Elena le dio las gracias y se dispuso a pagar.
Adriana no pudo evitar soltar una risita burlona.
—¿Estás con Alejandro y tienes que comprar los juguetes tú misma? ¿No hay sirvientes en esa casa que hagan estas cosas por ti?
Adriana nunca se involucraba en los detalles cotidianos de la vida de su hijo. Consideraba que con llevarlo a pasear de vez en cuando, ya cumplía con su deber de madre.
—Yo no soy como tú —respondió Elena con calma—. Otros crían a tu hijo, otra se acuesta con tu esposo, y vivir en tu propia casa es como vivir en un hotel donde todos te tratan como a una extraña.
—¡Tú...! —Adriana palideció de rabia.
Tras pagar, Elena tomó el juguete y salió de la tienda.
***
Para ella, su hija era adorable en todos los sentidos, y la hija de su hija lo era el doble.
En ese instante, alguien abrió la puerta.
Elena pensó que era el mesero trayendo la comida, pero para su sorpresa, eran la señora Vargas y Oihana.
Ella y Alejandro fruncieron el ceño instintivamente.
La señora Vargas ignoró a Elena y se dirigió a Alejandro:
—Oihana y yo vinimos a Ciudad del Río para quedarnos unos días. Queríamos aprovechar para ver a Aurora. Si están muy ocupados, yo puedo ayudar a cuidarla.
—Es nuestra hija, no hace falta que se moleste —respondió Alejandro con frialdad.
La señora Vargas sintió que le había hablado de buena manera, pero él, como siempre, abría la boca solo para hacerla enojar.
¿Qué era eso de «nuestra hija»?
Ella era su madre, ¿acaso no era su familia también?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....