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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 832

La señora Vargas miró a su hijo con fingida dulzura y le dijo:

—Alejandro, debes estar agotado entre el trabajo y cuidar de la abuela por las noches, ¿verdad? Traje a Leticia para que te eche una mano. Cualquier cosa que necesites, pídeselo a ella con confianza.

Leticia lo miró y le dedicó una sonrisa tímida.

—No es necesario —respondió Alejandro con frialdad—. Los asuntos de la familia Vargas no requieren la intromisión de extraños.

La sonrisa de Leticia se borró al instante.

Sabía que él tenía un carácter duro, pero no esperaba que la humillara de esa forma sin importarle las apariencias.

La señora Vargas tomó aire profundamente para no empezar a gritarle. Con tono de sermón, le reclamó:

—Siempre andas diciendo maravillas de Elena y la defiendes a capa y espada, pero fíjate ahora, tu abuela está enferma y ella ni se asoma a cuidarla. ¿De verdad crees que te ama?

—Cuidar de mi abuela es mi responsabilidad, no de Elena —replicó Alejandro, con voz gélida—. No pienso delegar mis obligaciones filiales a mi esposa. Además, madre, tú solo vienes un rato al día. ¿Acaso mi padre alguna vez te exigió que te quedaras aquí cuidándola día y noche?

La señora Vargas se quedó sin palabras.

Definitivamente, Alejandro no era como Damián.

Últimamente, Damián se la pasaba reclamándole por no estar al pendiente de la anciana todo el tiempo.

Pero, ¿por qué habría de hacerlo?

La anciana nunca la había tratado especialmente bien.

Y además, la familia tenía más nueras; ¿por qué toda la carga debía caer sobre ella?

Lo justo era que se turnaran.

Al no tener argumentos para debatir con su hijo, la señora Vargas se dio media vuelta y se marchó furiosa junto a Leticia.

***

El tiempo voló y pasó otro mes.

La salud de la abuela Vargas mejoró lentamente, pero aún necesitaba seguir internada.

—¡Eres increíble, Elena! Ser tu mejor amiga me da muchísimo orgullo.

Elena tomó un sorbo de agua, visiblemente pensativa.

—¿Qué te pasa, amiga? ¿Hay algo que te preocupe? —preguntó Isabel.

Elena dejó el vaso sobre la mesa y la miró a los ojos.

—Isabel... creo que voy a aceptar ir a trabajar a Ciudad del Norte.

Isabel se quedó helada.

—¿Por Alejandro? Pero si a él no le molesta volar de ida y vuelta. Se ven casi todos los días, ¿no es suficiente? Además, ya sabes lo tóxica que es la familia Vargas. Si te mudas allá, vas a tener que lidiar con miles de dolores de cabeza.

Elena le explicó la situación con la enfermedad de la abuela de su esposo.

—Antes, él sacrificaba su comodidad por nuestra familia. Ahora me toca a mí ceder un poco. Por ahora puede venir seguido, pero si algo más sucede con su familia y no puede viajar, nos convertiremos en un matrimonio a distancia. No quiero que eso pase —continuó Elena—. Yo lo necesito, y Aurora también. Si él no puede venir, entonces llevaré a mi hija hacia donde él esté. Ya no le tengo miedo a la familia Vargas. Sé que soy capaz de manejar cualquier problema que se presente.

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