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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 842

Elena asintió con aprobación.

—De acuerdo. Tendrás un período de prueba de tres meses. Espero que logres superar mis expectativas.

Los ojos de Mireya brillaron con profunda emoción.

—Gracias, de verdad, Elena.

Elena se puso de pie y le estrechó la mano.

—Bienvenida, Mireya. Espero que hagamos un gran equipo.

Cuando Ximena se enteró de que Elena estaba por inaugurar su laboratorio, fue a visitarla a la oficina y la invitó a comer.

Al ver que Diana estaba trabajando como su asistente, no dudó en advertirle:

—Esa Diana nunca termina lo que empieza y no tiene ni un gramo de sentido común. Si la dejas como tu asistente, te aseguro que terminará causándote problemas.

Diana, indignada, le respondió de inmediato:

—Ximena, deja de menospreciarme. Elena ya me evaluó y me dio mi contrato definitivo. Algún día me convertiré en una investigadora de primera y te dejaré con la boca abierta.

Ximena fingió un gesto de terror exagerado.

—Uy, qué miedo. Prométeme que me dirás qué medicamentos desarrollas para jamás tomarlos.

Diana la fulminó con la mirada, inflando las mejillas de rabia.

Elena soltó una sonrisa resignada y negó con la cabeza al ver cómo esas dos no podían pasar ni un minuto sin pelear.

Las tres se dirigieron a un restaurante.

Durante la comida, Ximena no paró de quejarse con Elena sobre los altos mandos en Bruma Alta.

—Son unos inútiles sin una pizca de talento, pero con el ego más grande que el de mi propio padre. Trabajar en Bruma Alta es un suplicio diario. Intentar que se apruebe algo nuevo es un milagro. Siempre tienen mil excusas y pretextos para decir que no se puede. Una vez, perdí la paciencia y les hablé un poco fuerte, ¡y armaron un escándalo en mi oficina! Me acusaron de faltarle el respeto a mis mayores y hasta amenazaron con unirse para destituirme de la vicepresidencia. Ahora tengo que morder mis palabras y rogarles con voz dulce para que hagan su trabajo. Estoy exhausta.

Elena frunció el ceño. Con razón las distintas ramas de la familia Vargas y la familia Carmona peleaban como buitres por el puesto de director general en Bruma Alta.

En ese momento, Leticia, que casualmente estaba comiendo en el mismo lugar, se acercó a su mesa.

—Elena —Leticia la miró con resentimiento—. ¿No decías que jamás te mudarías a Ciudad del Norte? ¿Por qué rompiste tu palabra?

A Elena le pareció el reclamo más ridículo del mundo.

¿En qué momento le había hecho ella una promesa a Leticia?

Y más importante, ¿qué le importaba a Leticia su vida privada?

Últimamente, Leticia estaba siendo presionada por sus padres para asistir a citas a ciegas con hombres mayores y repulsivos, al ver que su oportunidad con Alejandro se había esfumado.

Ella se negaba con toda su alma, pero su padre había sido claro: si rechazaba los matrimonios arreglados, le cortarían todo su presupuesto.

Leticia no tenía ninguna habilidad para trabajar. Si la dejaban sin la tarjeta de crédito de la familia, simplemente no sabría cómo sobrevivir.

Alejandro era el mejor candidato que podía encontrar, pero Elena se negaba a apartarse del camino.

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