Helena había llorado toda la noche. Su novio la corrió del evento y tuvo que irse a su casa con el corazón hecho pedazos.
Al día siguiente, llegó a la empresa con pasos apresurados porque quería hablar con Gabriel y resolver la situación.
—¡Helena! —La llamó la recepcionista—. ¿No piensas firmar tu asistencia?
La castaña tuvo que devolverse, ya que se iba directo al ascensor.
—Lo lamento, estoy un poco apurada.
Firmó la hoja.
—Eso lo puedo ver. ¿Viste que Diana es la cara de los periódicos? Todo el mundo está hablando de ella —murmuró, en tono chismoso.
Helena apretó el lápiz con fuerza, creyó que se rompería.
—Esto es un error. Y yo me encargaré de resolverlo —zanjó.
Sin esperar una respuesta, fue directo al ascensor. Nadie podía entrar a la oficina de Gabriel sin una cita previa, pero vamos, ella era su novia, ¿cuál era el problema?
Al subirse al ascensor, presionó el botón con desesperación.
—Vamos, vamos. Cierra las puertas.
Helena se sobresaltó cuando dos gruesas manos evitaron el cierre de las puertas en el último segundo.
Un hombre de porte serio e imponente entró a la cabina del ascensor. Su cabello negro, peinado con precisión, contrastaba con la claridad cortante de sus ojos azules, capaces de desarmar egos con una sola mirada.
El traje formal que vestía parecía confeccionado para él: negro absoluto, sin un solo pliegue, como si la elegancia fuera parte de su ADN. Caminaba con la calma letal de alguien que sabe que todos lo observan, incluso cuando nadie se atreve a mirarlo directamente.
—Disculpe —soltó, con voz gruesa.
Su simple presencia la hacía sentir inferior. Al mirarlo de reojo mientras el ascensor subía, Helena supo de quién se trataba.
Nicolás Collins. El hermano menor de Gabriel, y su principal rival en el mundo de los negocios y la moda.
¿Qué hacía en la empresa si ambos se odiaban?
—¿Por qué tiene tanta prisa, señorita? —preguntó, dejando a Helena en el limbo.
Tardó varios segundos en responder.
—N-necesito resolver un malentendido.
—¿Con Gabriel?
—¿Cómo lo sabes? —Se giró hacia él, confusa.
Los ojos de Nicolás se clavaron en ella, haciéndola sentir escalofríos. Helena tuvo que apartar la mirada para recuperar la compostura.
—Intuición —respondió.
Después de eso, no se cruzaron más palabras. Ambos se bajaron en el mismo piso. Helena llevaba la delantera, por lo que imaginó que Nicolás la estaba siguiendo.
Aún así, no dijo nada.
Ni siquiera tocó la puerta de la oficina de Gabriel, simplemente entró.
—¡Gabriel! Tenemos que hablar urgentemente de lo… —Sus palabras se ahogaron.
Helena abrió los ojos al ver que Diana no tenía camisa ni sostén puesto. Estaba sentada encima de su prometido, besándose apasionadamente y sin vergüenza alguna.
—¿G-Gabriel? —balbuceó.
Estaban tan concentrados en el placer, que ninguno de los dos se dio cuenta de que Helena había entrado a la oficina.
—Esos diseños son míos… —repitió.
—¿Vas a seguir con eso? —bufó Gabriel, echándose el cabello hacia atrás—. Estás despedida, Helena. No me sirves. Ni como pareja, ni como diseñadora.
Helena sintió cómo su mundo se quebraba sin aviso como un cristal rompiéndose. No sólo había perdido su trabajo; también al hombre que juró amarla alguna vez. ¿Cómo debería reaccionar? Su cuerpo permanecía inmóvil. Ella sólo quería llorar, gritar, derrumbarse.
Detrás de ella, Nicolás había visto la escena con una seriedad que no era cuestionable. Sabía lo despreciable que era su hermano mayor.
—¿Qué haces tú aquí? —cuestionó Gabriel, notando la presencia de su hermano.
—Créeme, también odio verte la cara, pero Alonso me pidió personalmente que te entregue esta invitación —mencionó Nicolás, con profesionalismo—. Habrá una gala el próximo mes.
—¿Por qué no la envió por correo? —masculló Gabriel, tomando la carta de mala manera.
—Sabes cómo es él.
Helena se había arrastrado por el suelo, su mente estaba tan nublada, que no distinguía entre sus pensamientos y la realidad. Ella agarró una pierna de Gabriel y le suplicó.
—Por favor, al menos déjame conservar mi trabajo… He luchado tanto para salir adelante en mi carrera.
Gabriel arrugó la nariz. Empujó a Helena de una patada, la hizo caerse de culo.
—No sabía que eras ese tipo de mujer, Helena —se burló—. Una arrastrada.
Diana se echó a reír detrás de él.
—Lo siento, amiga. Pero para la próxima, sé más astuta —Usó un tono agudo.
Helena se levantó con dificultad, como si cada paso la llevara al borde del abismo. Sollozaba sin parar. No soportó tanta humillación, tuvo que irse corriendo de allí.
Lo último que vio fue a Nicolás, quieto en medio del caos. Sólo la miraba, y esa mirada indefinible se quedó grabada en ella como un eco sin forma.

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