—Tú… tú no tienes corazón. ¿Cómo te atreves? Cuando estabas con los Valdés, te dábamos todo. ¡Todo! Y ahora sales con esto… —Clara se soltó llorando—. ¡Dios mío…!
—Agustín, ya, sáquela. Me tiene harta —ordenó Noa.
Agustín, al ver que Cecilia no decía nada, hizo una seña y sus hombres se llevaron a Clara.
Sin los gritos de Clara, por fin se hizo silencio.
Cecilia miró a Noa, helada.
—Tu papá biológico se murió y ni siquiera vas a verlo. Y aquí, escondida con los Galindo.
Noa se asustó, temiendo que Cecilia la corriera, y se apresuró a decir:
—Yo estoy igual que tú: ya corté con ellos. Por eso no voy. Yo también soy de esta casa. Te lo juro, soy leal.
Cecilia la miró de reojo, no dijo nada y se fue.
No era lo mismo.
Cecilia se alejó de los Valdés porque la usaron y la traicionaron.
Hasta donde ella sabía, Clara siempre había tratado bien a Noa; en esa familia, a Noa no le faltó nada.
Pero Noa no tenía ni una pizca de gratitud.
Al final, quizá era el pago que les tocaba a Clara e Iker: la hija que más quisieron no iba a ir ni a despedirlos.
***
Al día siguiente, Cecilia fue temprano a la escuela.
Martina corrió hacia ella, chismosa:
—¿Ya supiste? Estela se dio de baja.
—¿Se salió?

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