Cecilia frunció el ceño.
—¿Omar?
—Sí. Ese. Aparece y desaparece. Está cañón ubicarlo.
—Omar antes era de la Orden de la Merced. En Ciudad de San Martín, el bajo mundo era suyo. Luego se movieron cosas adentro y él se peló. Estos años la Orden lo ha estado buscando y nada. Puede que ya esté aliado con Lobo. Lobo es un problema: su base está en los Estados de Arrecife y no es fácil meterle mano.
Saúl, de pronto, le apretó la mano a Cecilia.
—Ya da igual. Antes estaba obsesionado con encontrar al que me hizo eso, pero después de lo que pasó la otra vez… ya no me importa. Con que tú estés bien, me basta.
Cecilia sonrió, pero con amargura.
Tal vez Saúl sí podía soltar ese odio.
Ella no.
Lobo mató a sus compañeros. Esa cuenta la iba a cobrar, sí o sí.
Saúl dejó a Cecilia en Hacienda San Jerónimo.
Cuando Marina se enteró de que Saúl había ido, se puso feliz.
Había pensado que su hija de verdad había terminado con él, pero viéndolos… parecía que seguían bien.
Los chismes de afuera, como siempre, eran puro cuento.
…
Al día siguiente no hubo clases; era fin de semana.
Cecilia quedó de ver a Mónica.
En cuanto recuperó el celular, vio los mensajes que le había mandado Zacarías.
Tenía que verlo. Y de paso, checar cómo estaba Mónica.
—Amiga, ¿dónde te habías metido? —preguntó Mónica, abrazándola del cuello.
—Me fui a dar una vuelta, nada más. Y regresando vine directo a verte.
—Qué linda eres conmigo —dijo Mónica, riéndose.

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