—¿Grupo Urbina?
—¿Qué? ¿Ya te dio miedo? Te aviso de una vez: yo trabajo para el señor Urbina. Hasta para pegarle a un perro hay que ver quién es el dueño, ¿no?
Cecilia lo miró con burla y, a propósito, hizo un gesto con el pulgar y el índice marcando algo minúsculo.
—¿Grupo Urbina? ¿Esa empresita? ¿De verdad crees que me va a impresionar?
—Tú… —Beltrán no se esperaba que Cecilia fuera tan descarada.
Iván también se puso furioso. ¡Cecilia lo estaba humillando! Y de paso, humillando a su empresa.
Grupo Urbina ya no era lo de antes, sí, pero eso no le daba derecho a menospreciarlos.
—Cecilia, ¿sabes lo que estás diciendo? Te lo advierto: si quieres sacar a alguien de mis manos, no va a estar tan fácil.
Dicho eso, Iván gritó:
—¡Entren!
Más de diez guardaespaldas vestidos de negro irrumpieron y rodearon a Cecilia.
Beltrán sintió que ahora sí estaba acabada, y se puso todavía más creído.
—Cecilia, Adrián es un idiota, un pendejo. Se merece que lo traigan de bajada. ¡No tienes idea de la madriza que le metieron ayer! ¿Quién lo manda a meterse donde no le llaman? ¡Ja, ja, ja!
Cecilia apretó los puños y se movió de inmediato, rapidísima.
Eran más de diez, pero ni siquiera alcanzaron a rozarle la ropa.
En pocos movimientos, los dejó tirados a todos.
—Puro show. Mucha pose y nada de fondo —dijo Cecilia con desdén, sacudiéndose las manos.
Beltrán, que venía bien confiado, se quedó helado al ver a los guardaespaldas en el suelo. La sonrisa se le congeló.
Hasta Iván tragó saliva sin querer.
No se imaginó que Cecilia siguiera peleando así de bien.
—Señor Urbina, te doy una última oportunidad. Entrégamelo y aquí la dejamos. Si no… hoy te armo un desmadre en tu empresa y me vale —dijo Cecilia.

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