—¿Crees que te estoy mintiendo? Te lo aseguro, aunque voltees todo el estado de Arrecife, no la vas a encontrar. Antes de matarla, le eché a un montón de infelices para que abusaran de ella, le corté las piernas, la hice pedazos y se la di de tragar a los perros. Uy, es más, si vas a buscar ahorita, a lo mejor todavía encuentras un par de huesos. ¡Jajajaja! ¡Jajajaja!
Cecilia temblaba de pies a cabeza, consumida por la rabia. Sacó su daga y se la clavó a Martina directo en el pecho.
Martina bajó la mirada, vio el arma clavada en su cuerpo y se quedó pasmada.
En ese instante, su mente pareció nublarse.
—Martina, nadie te debe nada. Te lo voy a decir por última vez: si le debía algo a alguien, era a tu hermano, pero ya saldé esa cuenta. Y por lo que le hiciste a Berta, ¡no te voy a tener ni una gota de piedad!
—Otra cosa, ni Camilo ni yo te dimos nunca la espalda. Aquella tarde que llovía y saliste corriendo, los vagos con los que te topaste fueron contratados por Lobo. Él te mandó a seguir, y cuando vio la oportunidad, dejó que esos infelices te atacaran para que cayeras en la desesperación. Todo para luego ofrecerte su ayuda, saber que le harías caso y usarte como su títere. ¡Desde el principio te vio la cara de pendeja!
—No... no puede ser... eso es imposible... —murmuró Martina, atónita.
—Camilo lo averiguó tiempo después. Me da igual si me crees o no, solo quería dejarte claro que ninguno de nosotros te falló.
—Si es así, entonces... ¡entonces no me mates! ¡Por favor, no...!
Al sentir que la muerte le respiraba en la nuca y que la vida se le escapaba a cada segundo, el terror se apoderó de Martina.
—No, te tienes que morir. Mataste a Berta, y ella no tenía la culpa de nada. ¿Con qué derecho le hiciste todo eso si jamás se metió contigo?
Dicho esto, Cecilia retiró la daga de su pecho y le cortó la garganta de un tajo rápido.
El cuerpo de Martina se desplomó pesadamente contra el suelo.
Cecilia cerró los ojos, agotada.
Jamás hubiera querido mancharse las manos con la sangre de alguien que en el pasado fue su amiga, pero las circunstancias no le dejaron otra opción.
Llegar a ese punto era lo último que habría deseado.
Al no encontrar ni rastro de Berta en el campamento, Cecilia le ordenó a Zacarías que continuara registrando la zona.
Mientras tanto, ella se dirigió al hospital más cercano.
Saúl seguía allí y, hasta el momento, no tenía ni la menor idea de cuál era su estado.

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