El sol comenzó a asomarse por el horizonte y la luz del amanecer bañó lentamente el paisaje, cubriendo todo el pueblo con su resplandor.
Poco después, Cecilia y Zacarías reunieron a su gente para terminar de desmantelar la guarida de Lobo.
—¡Señorita Martina, nuestro jefe está muerto! La gente de la Organización Lince ya viene para acá, ¡mejor váyase rápido!
Le advirtió uno de los hombres de Lobo. Martina se quedó helada.
—¡No manches! ¿Qué estás diciendo? ¿Lobo está muerto?
¡Nunca se imaginó que Lobo caería tan rápido!
—Sí, ya todos se están pelando. Y la neta, yo también ya me voy —dijo el sujeto, dándose la media vuelta para escapar.
—¡Espérame, llévame contigo! ¡Tú tienes que protegerme!
—Señorita Martina, Lobo ya está muerto y yo ya no recibo órdenes de nadie. Le avisé por cortesía y por los viejos tiempos, pero ahora cada quien se rasca con sus propias uñas. ¡Suerte!
¡El hombre la abandonó sin dudarlo a su suerte!
Martina salió del lugar y vio a un montón de gente corriendo despavorida por todas partes; algunos incluso cargaban con objetos de valor.
Ya no le quedaba familia en este mundo, ¿a dónde demonios iba a ir ahora?
Sintió un abandono total, estaba completamente perdida y confundida.
Pero bueno, ¡lo primero era salvar el pellejo!
Por nada del mundo podía caer en las manos de Cecilia.
Sin embargo, al no ser nada ágil, uno de los matones que huía chocó contra ella, derribándola y dejándola rezagada.
Para cuando logró ponerse de pie, Cecilia y Zacarías ya habían llegado con su grupo.
—Ustedes... ustedes... —balbuceó Martina al ver a Cecilia, temblando de pánico.

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