¡Con esa gente, ni para qué!
Total, ella no vivía de ese trato. Si le tocaba alguien así, mejor cortar por lo sano.
Mónica terminó de hablar y se dio la vuelta para irse.
Pero en ese momento entraron de golpe cinco o seis guaruras y la rodearon.
—¿Ya te quieres ir? Si ya viniste, mejor ni te muevas —dijo el Sr. Pablo.
—¿Qué, vas a querer hacerlo a la fuerza? Pablo, ¿tú quién te crees para tratarme así?
—Eres una simple ejecutiva de ventas. Aunque yo te agarre, tu jefe ni va a decir nada.
—¡Qué asco!
—¡Ja, ja, ja! Me encantan las que se ponen así. Te conviene portarte bien conmigo. Si cooperas, hoy mismo te cierro el trato.
Pablo avanzó hacia ella.
Mónica retrocedió paso a paso, pero los guaruras se le fueron encima y la sujetaron.
—¡Suéltenme! Te aviso de una vez: yo no soy cualquier vendedora. Soy la hija mayor de la familia Fonseca. Si me haces algo, mi papá te va a destruir.
—Ajá, sí, cómo no. ¿La hija mayor de la familia Fonseca va a andar buscando clientes? No te hagas ilusiones y deja de resistirte.
Pablo le agarró la mano a Mónica y la aventó al sillón.
Luego se desató la bata.
Debajo solo traía un bóxer pegado.
—Tú… tú no te me acerques —dijo Mónica, echándose para atrás.
Pablo la arrinconó y se le vino encima.
Mónica apretó los dientes. De pronto recordó lo que Cecilia le había enseñado: si alguien intenta pasarse de listo, hay que ir directo a lo más vulnerable del hombre. Rápido y sin dudar, para que no se vuelva a parar.
Mónica lo miró de reojo y le soltó una patada con todas sus fuerzas.
—¡AAAH!
El tipo no se lo esperaba. Se dobló de inmediato, sujetándose.
Con la cara retorcida de dolor, escupió:
—¡Maldita sea! ¡Pinche vieja, te atreviste a patearme!

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