Mónica se quedó helada.
Zacarías dio un paso al frente y observó a Pablo.
—Sr. Pablo, ella vino a hablar de negocios. Mire, aunque no se arme el trato, hay que mantener la educación, ¿no cree? Si no quiere trabajar con ella, perfecto, se acabó. ¿Para qué meter a tanta gente?
Mónica jaló a Zacarías del brazo.
—¿No me digas que te vas a doblar con ese tipo?
Si era para eso, mejor llamaba a la policía.
Zacarías no le contestó. Siguió hablando con Pablo.
Pablo creyó que Zacarías ya se había asustado y se creció.
—Eso de “si no hay trato, que haya respeto” suena bonito. Tú sí te puedes ir… pero ella se queda. Me tiene bien encabronado. Te lo digo por última vez: lárgate. Si no, no me culpes. Hoy ninguno de los dos sale de aquí.
Zacarías soltó una risita de desprecio.
—No, Sr. Pablo. El que está recibiendo la última oportunidad es usted, no yo. Si nos deja ir, todavía podemos vernos después y hablar como gente.
—Mira nada más, qué pinche bocón. Yo me muevo en Ciudad de San Martín y jamás había escuchado de ti. Hoy te voy a enseñar a respetar.
Pablo hizo un gesto con la mano, mientras seguía cubriéndose la entrepierna.
—Perfecto. Porque hoy me la voy a llevar sí o sí —dijo Zacarías, y en sus ojos se asomó una frialdad peligrosa.
Luego se inclinó hacia Mónica y le susurró:
—Pégate a mí. No te separes.
Zacarías le tomó la mano y caminó hacia la puerta.
Aunque no hubiera salida, iba a abrirse paso a la mala.
Los guaruras se le fueron encima. Zacarías, con una sola mano, los mandó volando.
En el camino, más de diez intentaron cerrarle el paso.
Zacarías peleaba mientras cubría a Mónica, avanzando a golpes.
Pero eran demasiados, y uno empezó a ir directo por Mónica.

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