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Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia romance Capítulo 525

—Perdón, Sr. Fernández… —Fermín se fue con lágrimas en los ojos.

Esa noche.

Sebastián llegó a su casa y, apenas entró, escuchó gritos.

—¿Qué te pasa? Yo no me casé con ustedes para ser sirvienta. Para cocinar, ¿no pueden contratar a alguien? —reclamaba Isabel.

—¿Contratar a alguien? Tú sabes cómo estamos. Sale carísimo. ¿Por qué no puedes cocinar tú? Eres la nuera, ¿no? ¿Qué tiene que hagas de comer? —le respondió otra voz.

—¡Yo nunca he cocinado! Soy de la familia Galindo, a ver si te queda claro. ¡Y aparte estoy embarazada!

—¿Y eso qué? Todavía ni se te nota. Yo cuando estaba embarazada de Sebastián, con cinco o seis meses, seguía trabajando. Qué delicadita. No sé para qué te metimos a esta casa… Teresa sí era buena: tranquila, educada y muy dulce. Fue nuestra mala suerte acabar contigo.

—¡Tú… tú no me puedes tratar así! ¡Le voy a decir a mi abuela para que me defienda!

—¿A tu abuela? Ve. Ella será tu abuela, pero también es nuestra tía. Y ella siempre ha protegido a los suyos. ¿Tú crees que te va a creer tus cuentos? Si no me crees, inténtalo.

—Tú…

—¿Qué tanto escándalo? —Sebastián las interrumpió.

—Hijo, qué bueno que llegaste. Mira nada más la hora y ella ni se ha metido a hacer la cena, como si yo tuviera que cocinarle. ¿Desde cuándo yo tengo que ser su sirvienta?

Isabel, al verlo, como si viera un salvavidas, se le acercó rápido y lo jaló.

—Sebastián, mira a tu mamá: quiere que yo cocine. ¡Yo nunca he hecho eso! Encima me insultó… —lloró—. ¿No podemos contratar a una señora que ayude?

—¿Todavía quieres contratar? En Ciudad de San Martín cobran carísimo. ¿De verdad no te cae el veinte? —le respondieron.

—¡Ya, cállense! —Sebastián gritó, furioso.

Isabel se puso nerviosa.

—No sé de qué hablas. ¿Qué confesó?

—Dijo que en esa reunión, tú le pediste que le echara algo a mi bebida. Por eso, cuando regresé, perdí la cabeza contigo, te confundí con Teresa… y tú aprovechaste para acostarte conmigo. Isabel, yo no quería creer que fueras ese tipo de persona. Me decepcionaste.

—Amor, no… Yo no hice nada. No le creas a Fermín, me está echando la culpa.

—¿A estas alturas todavía no lo vas a aceptar? —Sebastián alzó la voz.

Isabel se asustó.

—¡Está bien! Sí, fui yo. Pero fue porque te amo demasiado. Amor, perdóname, ¿sí? Ya estamos casados… y además estoy embarazada de tu bebé. Vamos a ser felices, ya verás…

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