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Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia romance Capítulo 742

La veían con pura súplica y desesperación.

Cómo deseaban largarse de ahí…

—Cecilia, tú dijiste que me ibas a sacar de aquí… que me ibas a dejar vivir —dijo Noa de pronto, desde la multitud.

Era su última oportunidad. Si no salía, se iba a morir.

Porque se habían fugado; si los regresaban, les esperaba una golpiza.

Y ella, en especial: no había cumplido “la cuota”. Esta vez seguro la iban a arrastrar a sacarle sangre… y quién sabe qué más.

Con esas miradas suplicantes, a Cecilia se le hizo un nudo en el pecho; le ganó la compasión.

—Cecilia, acepta. Así nos vamos sin broncas —dijo Zacarías.

—No puedo. Si me voy… ¿qué va a pasar con ellos?

Zacarías también se volteó a ver a la gente detrás. Se quedó callado.

—Cecilia, yo te creo. Decidas lo que decidas, yo te respaldo —dijo Mónica de pronto.

Por más que ella también quería salir, quería más que todos salieran juntos.

Tras días atrapada, ya conocía lo cruel que era ese lugar: un infierno.

Y esa gente… soñaba con volver a casa.

—Alexander, ¿y si yo quiero llevármelos a todos? —Cecilia lo miró con firmeza.

Alexander le respondió con dureza:

—¿De verdad crees que aquí entra y sale quien quiera? Me mataste a un montón de guardias, me volaste parte del complejo y me dejaste pérdidas enormes. Ya fue demasiado que te dejara llevarte a una persona y te dejara ir. ¿Todavía te pones exigente?

—Ellos no tienen la culpa. Tú también eres de la República de Villa Serena; tienes el acento de Villa Serena. Somos del mismo país… ¿para qué chingarnos entre nosotros?

—¡Sí! ¡Aunque hoy nos toque morir, mínimo peleamos por nosotros!

—¡Aquí nos matan en vida! ¡Mejor abrirnos paso!

—Señorita… le creemos. Llévenos a casa.

La gente empezó a apoyarla.

Y esa frase—“llévenos a casa”—le volvió a hervir la sangre a Cecilia.

Como si regresara a sus días de mercenaria, cuando lideraba a los de la Organización Lince y se abrían camino juntos.

—¡Se me voltearon, se me voltearon! Bola de idiotas… Si se quieren morir, no digan que no se los advertí —Alexander estaba que reventaba de coraje.

Bajo su control, los de ese lugar ya estaban domados: muertos de miedo.

¿Y ahora qué? Con dos, tres frases de Cecilia, de pronto ya ninguno tenía miedo.

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