Oficina del gerente general.
Thiago seguía trabajando cuando vio entrar a Sebastián.
—Sebastián, pasa. Siéntate —lo recibió Thiago.
—Gerente.
—A ver, Sebastián, ¿qué se te ofrece?
Thiago siempre mantenía un trato amable. Nunca se desquitó con él por lo de Teresa; era una persona recta.
En la empresa, separaba lo personal de lo laboral.
Pensaba en la compañía, y aun así Isabel no dejaba de buscar cómo jugarle chueco.
Hasta Sebastián sentía vergüenza por ella.
—Gerente… lo de Teresa, nunca lo hablé bien con usted. Hoy quiero ofrecerle una disculpa formal. Fue mi culpa; lastimé a Teresa —dijo Sebastián, bajando la cabeza.
—Ah, por eso… Mira, no te preocupes. Teresa ya lo superó. Eso ya quedó atrás, no te lo cargues.
—Qué bueno. Y… también le traigo esto: mi renuncia. Revísela, por favor.
—¿Renuncia? —Thiago se quedó pasmado un segundo.
—Sí. Se me cae la cara de vergüenza de seguir aquí después de lo que pasó. Quiero salirme a buscar mi camino. Gerente, ojalá me la acepte.
—Sebastián, si es por Teresa, no hace falta. Tú eres muy capaz. Yo nunca lo tomé a mal… —dijo Thiago, apurado.
—No. No es solo por lo de Teresa. Es decisión mía. Con la abuela yo lo hablaré personalmente; seguro lo entiende. Solo le pido que me haga el favor de respetar mi decisión.
Sebastián sentía que, si seguía viendo diario a Isabel, se iba a volver loco.
Con ella no había fondo.
Ya no quería estar ahí ni un día más.
Thiago vio que ya lo tenía decidido y no insistió.

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