Facundo y los suyos empezaron a ponerse nerviosos; la alegría de hace rato ya ni se notaba.
—¿Cómo que pasó esto? ¡Santiago, ve a ver qué está pasando, rápido!
Muy pronto el asunto se salió de control.
De la decena larga de empleados que habían mandado al hospital, murieron otros cuatro.
Los familiares fueron a armarla a la empresa.
Los trabajadores se fueron a paro y se plantaron en la entrada.
El escándalo fue tan grande que hasta la policía llegó.
Facundo y los demás daban vueltas en la oficina, desesperados, como leones enjaulados y con los nervios de punta.
—¿Cómo… cómo pudo pasar esto…?
—Papá, ya revisamos lo de la cocina. Los insumos estaban frescos; no parece que el problema venga de ahí —dijo Santiago.
Al poco rato entraron los policías.
—¿Quién es el responsable aquí?
—Y-yo… —contestó Facundo, tenso.
—Señor Galindo, ya se hicieron pruebas. En sus materias primas se detectó un nivel de sustancias nocivas por encima de lo permitido; no cumplen con las normas de seguridad. Por eso se intoxicaron los trabajadores y ya han muerto varias personas. Como responsable, tiene que acompañarnos.
Dicho eso, el policía esposó a Facundo.
—Oficial, e-esto no tiene nada que ver conmigo. Yo acabo de llegar, apenas llevo dos días. No es mi culpa, yo no sabía nada… suélteme, se están equivocando, no fui yo… —se apresuró a explicar Facundo.
—Sí, oficial, se equivocaron. Mi papá no sabe nada. Al que deberían llevarse es a Thiago. Él era el gerente general antes; esto es cosa suya, no nuestra —intervino Isabel.
—¡Ah, claro! Y todavía vienen a pedirme ayuda. ¿No que ustedes estaban muy seguros? Ustedes fueron los que insistieron en correr a su tío, que porque “administraba mal” y “no merecía el puesto”. Ahora ya lo tomaron y vienen a llorarme. ¿No pueden resolverlo solos?
—Abuela, esto no es culpa nuestra. Es un problema que él dejó desde antes. No tiene nada que ver con nosotros. Mi papá nomás está pagando por él; al que deberían detener es a mi tío. ¡Mi papá está pagando algo que no hizo! Abuela, por favor, piense en algo, sálvelo —rogó Santiago.
—¿Y yo qué puedo hacer? Lo único es que le hablen a su tío para que regrese a arreglarlo. Y ustedes suéltenle el puesto de gerente general.
—E-eso… —Isabel y Santiago dudaron.
Les había costado un mundo arrebatárselo y apenas llevaban dos días sentados ahí; ¿y ahora soltarlo así nada más?
—¿Cómo? ¿Todavía quieren aferrarse a la empresa? Si tanto se quieren quedar, entonces ese tiradero lo arreglan ustedes —los regañó la anciana, furiosa.
—No, abuela, no queremos aferrarnos. Ese puesto siempre fue de mi tío. Se lo devolvemos —dijo Isabel de inmediato.
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