—¿Tirarlas? ¡Yo mejor te tiro a ti! Si dijeron que las lleváramos, las llevamos. Si la familia de Thiago se entera de que tiramos las gallinas, ¿tú crees que nos van a pelar? ¡No piensas! —la regañó la anciana.
A ella también le daban asco, pero ni modo: ya lo habían prometido.
Después de ese grito, Olivia no tuvo más que quedarse callada.
El carro avanzó un rato más y, de pronto, no se supo de dónde salió la gallina.
Se les fue directo encima, a Isabel y a las demás.
—¡Ay! ¿Qué es eso? —Isabel chilló del susto.
—¡Dios mío! ¿Cómo llegó hasta acá? ¿No iba en la cajuela? —Olivia se quedó helada.
Las dos se apresuraron a espantarla. Estaba mugrosa y, para colmo, se les subió a la ropa. ¡Qué asco!
—¡Quítate! ¡Quítate! ¡Quítate! —Isabel no paraba de manotear.
Y en eso, la gallina se hizo del baño… justo sobre su falda.
—¿Qué es esto? ¡Está todo baboso, apesta! —Isabel ya casi lloraba.
—Creo que… es popó —dijo Olivia.
—¡Ay, no! ¡Paren el carro, paren! ¡Ya no aguanto! ¡Ya no aguanto! —Isabel explotó.
Santiago se orilló y se detuvo. Isabel estaba al borde del colapso.
—¡Es un mugrero, apesta horrible! ¿Qué hago? ¡Voy a matar a esas pinches gallinas!
Al verla seguir con el berrinche, la anciana se hartó.
—Ya, cállate. Santiago, métete al carro y busca unas bolsas. Mételas ahí y amárralas bien. Urge ir con tu tío. ¿O ya se te olvidó que hay que sacar a tu papá? —ordenó.
Santiago obedeció. Por fin encontró unas bolsas, atrapó a todas las gallinas, las metió y amarró bien la boca.

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