Hacienda San Jerónimo.
Cuando Cecilia llegó a la casa, Marina ya la estaba esperando afuera.
—Cici, por fin regresaste. Qué bueno.
—¿Y ellos? ¿Todavía no se van?
—No. Se aferraron a quedarse, y tu papá y yo ya no sabemos qué hacer. No nos quedó de otra que hablarte para que vinieras.
—Va, ya entendí.
Cecilia y Marina entraron.
La abuela y la familia de Facundo estaban ahí instalados como si nada: unos tirados en los sillones, otros sentados pegados al celular.
Thiago, a un lado, trataba de convencerla con dificultad.
—Mamá, ya no me presiones… ¿de verdad crees que esto está bien?
—Yo no te estoy presionando. Es lo que te toca como hermano mayor. Hoy, si no aceptas regresar para arreglarlo, no nos vamos. Toda la familia se queda a vivir aquí.
La abuela lo dijo con un descaro total.
—¿Vivir aquí? —entró Cecilia—. ¿Ya no tienen dónde quedarse o qué?
Al oír su voz, de inmediato se enderezaron; nadie siguió tirado.
Olivia habló con tono cortante:
—Cecilia, esto es cosa de adultos. Tú no te metas.
—¿Que no me meta? —Cecilia cruzó los brazos—. En mi casa claro que me meto. ¿Qué es esto, un plantón? La gran familia Galindo y saliendo con estas mañas… qué pena, ¿no les da vergüenza?
Isabel resopló, indignada.
—¿Vergüenza de qué? Ustedes se la pasan haciéndose los pobres y mira nada más: se compraron una casa enorme y la escondieron. Qué bien se la saben… ¿por qué no se dedican a actuar?
Cecilia soltó una risa seca.

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