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Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia romance Capítulo 938

—Vinimos a buscar a tu madre, Valeria. Ya debes imaginarte por qué.

—Ah, la buscan a ella. Adelante, vayan. Cuando terminen, ya platicaremos de mis asuntos —respondió Leandro, mostrando total indiferencia.

—¿No te preocupa lo que yo le pueda hacer? —preguntó Cecilia.

Leandro soltó una risa nasal.

—¿Crees que a estas alturas me importa? A decir verdad, en la familia Rivas, con excepción de Inés, no creo que haya nadie decente. Y yo también soy alguien calculador y frío. La detesto. Si no hubiera sido por ella, mi hermano mayor no habría muerto y nadie me habría tendido aquella trampa. Aunque después se arrepintió, ¡ya era demasiado tarde!

No importaba qué problemas hubiera entre él y Valeria, lo único importante era que Leandro no se interpusiera.

Eso les facilitaría mucho las cosas.

Cecilia y Saúl llegaron a la habitación de Valeria.

En ese momento, ella estaba recostada en la cama, ¡al parecer había vuelto a recaer!

Aunque apenas pasaba de los cincuenta años, su cuerpo estaba tan deteriorado que parecía el de una mujer de ochenta. En su juventud, Cristian la había envenenado, destruyendo su salud de forma irreversible.

Se escuchó una tos seca y persistente en la habitación.

—Señora, es hora de su medicina. —Dalila se acercó con una taza en las manos.

Valeria se incorporó con esfuerzo; se llevó una mano al pecho y su rostro lucía extremadamente pálido.

—Dalila, deja la medicina a un lado. ¡Déjame descansar un rato primero!

En ese instante, Cecilia y Saúl entraron a la habitación.

—¿Ya llegaron? Sabía que vendrían a buscarme —dijo Valeria con un tono de voz suave y pausado.

Viéndola en ese estado, cualquiera que no la conociera habría pensado que era una tierna y bondadosa anciana.

—¿No crees que deberías ir a la tumba de Ismael a pedir perdón por lo que hiciste? —le reclamó Cecilia.

Al recordar la crueldad con la que Valeria había provocado la muerte de Ismael aquel día, no podía evitar sentir un profundo odio por ella.

Valeria sonrió levemente.

—No hay prisa, no hay prisa. Tomen asiento ustedes dos primero.

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