—Maestro, ¿puedes cambiar su destino? ¡En su vida pasada nunca tuvo un buen día, ¿por qué en esta tiene que ser igual?!
—¡Ay, Cecilia! Este mundo es inherentemente imperfecto. Ya que él sacrificó su propio destino y dio su vida por ti, más te vale valorarlo. Tal vez el destino los vuelva a unir, pero él ya no te recuerda, justo como pasa con Saúl ahora. Te lo advertí, retroceder el tiempo trae consecuencias, las cosas cambian.
—Además, he desafiado las leyes naturales dos veces, es hora de que desaparezca. Nuestro vínculo ha llegado a su fin...
Dicho esto, la voz se desvaneció y la llamada se cortó.
—¡Maestro! ¡Maestro!
Cecilia apretó el teléfono con fuerza. Sabía que él se había esfumado.
Esta vez se había ido de verdad. No volvería.
Cecilia buscó en internet información sobre el Grupo Alcántara.
Para su sorpresa, descubrió que en esta vida, no existía ningún Grupo Alcántara en Ciudad de San Martín. ¡No había rastro de él!
Por lo tanto, el paradero de Lorenzo era un misterio. No sabía en qué lugar estaría sufriendo, igual que cuando Saúl estuvo postrado en La Franja del Norte esperando la muerte.
Pensar en eso llenaba su corazón de culpa y arrepentimiento.
Si tan solo hubiera aceptado a Lorenzo en aquel momento, si le hubiera dado un último abrazo, al menos no se habría ido con ese pesar.
Cuánto debió dolerle el corazón cuando ella le gritó que se largara.
Desde entonces, Cecilia no dejó de buscarlo.
Quería encontrar a Lorenzo, ayudarlo, y aunque en esta vida él tuviera los días contados, quería asegurarse de que pasara sus últimos momentos feliz.
Por otro lado, también estaba buscando la oportunidad para reconquistar a su terco hombre.
Por la noche.
Saúl regresó tarde a casa, se dio una ducha y salió del baño con una bata puesta.
De repente, vio a alguien sentada en su sofá y se quedó atónito.
—¡Tú otra vez! ¿Cómo entraste?
—Puse la contraseña de la puerta.
—¿Y cómo sabes la contraseña de mi casa?
—¡Tú me la dijiste! Además, ¡es la fecha de mi cumpleaños!
Aunque muchas cosas habían cambiado en esta vida, otras seguían exactamente igual.
Por ejemplo, ese departamento donde vivía Saúl era el mismo que le había comprado a ella en su vida pasada; era su refugio secreto.
Cuando Cecilia llegó al lugar, probó con la clave de antes, ¡y la puerta se abrió!
Eso la llenó de alegría al instante.
—¿Tu cumpleaños? —Saúl frunció el ceño.

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