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Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia romance Capítulo 947

El sonido de otra bofetada llenó la habitación.

—¡Esto es por Joel Rivas! ¡Tú lo mataste!

De nuevo, el golpe de su mano resonó contra el rostro del hombre.

—¡Esto es por mí! ¡Animal desgraciado!

Una lluvia de crueles bofetadas cayó sobre él, una tras otra.

—¡Estos golpes son por mis padres y mis dos hermanos! Cristian, ¿tienes idea de cuántas noches me fui a dormir odiándote con toda mi alma? Quería arrancarte la piel a tiras y beberme tu sangre. ¡Fuiste demasiado cruel! Me arruinaste la vida entera, ¡destruiste a la familia Ledesma!

Valeria golpeó con toda la fuerza que le quedaba, hasta dejarle el rostro hinchado a Cristian, con un hilo de sangre escurriendo por la comisura de sus labios.

Mientras reía a carcajadas, gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas.

El inmenso amor que alguna vez sintió por ese hombre se había transformado en un odio igual de colosal.

La vida era como un sueño cruel. Si pudiera retroceder el tiempo, se habría mantenido lo más lejos posible de él.

¡Era un monstruo!

Pero el tiempo no daba marcha atrás.

Los errores de juventud se pagaban con la vida entera.

Y esta vida había sido demasiado larga y dolorosa.

Cristian tenía la boca abierta de par en par. Sus ojos inyectados en sangre desbordaban rabia. Nunca en su vida se había sentido tan patético.

—¡Jajajaja! Te carcome la impotencia, ¿no es así? Pues terminemos con esto de una vez. A mí me queda poco tiempo de vida, y todo por tu culpa. Todos esos años obligaste a Dalila a envenenarme a escondidas; arruinaste mi salud y me destrozaste por dentro. ¡Antes de irme al infierno, tú y yo vamos a saldar cuentas!

Dicho esto, Valeria apretó las manos alrededor del cuello de Cristian.

—¡Muérete! ¡Antes de exhalar mi último aliento, te voy a despachar con mis propias manos! Es mi único deseo. ¡Voy a vengar a mis padres y a mis hermanos! Cristian, maldito animal, ¡muérete de una buena vez! ¡Muérete! ¡Muérete! ¡MUÉRETE!

Los ojos de Valeria reflejaban un odio abrumador mientras aplicaba más y más fuerza.

Cristian abrió los ojos, desorbitados; el aire no le llegaba a los pulmones.

Intentó mover brazos y piernas, pero su cuerpo apenas fue capaz de sacudirse en unos leves temblores. No había nada que pudiera hacer.

Finalmente, con los ojos hundidos clavados en Valeria hasta el último segundo, dejó de respirar.

Al notar que ya no reaccionaba, Valeria aflojó el agarre y comprobó su respiración. Ya no había pulso.

¡Estaba muerto!

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