—¿Qué? ¿No quieres? ¿No quieres ser mi mujer?
—No… no es eso. Solo se me hizo muy de golpe.
—A mí no se me hace de golpe. Ándale. Quítate la ropa.
Anaís se quedó en shock.
—¿Quitarme…?
—¿No te la vas a quitar tú? ¿Quieres que lo haga yo? Si dices que te gusto, demuéstralo. Si hoy aceptas, me caso contigo. Y Cecilia me da igual.
Anaís se quedó tiesa; no pensó que hablara en serio.
Pero ya había llegado muy lejos para echarse para atrás.
Se quitó la chamarra despacio y dejó ver la blusa que traía debajo.
—Saúl, mejor… ¿y si vamos a otro lado? A un hotel. Aquí en la casa me pongo nerviosa.
—¿Nerviosa? Si antes hacías de todo para seducirme y llamar mi atención, no me vengas con que te pones nerviosa. ¡Rápido, quítatela!
La última frase la dijo más fuerte. A Anaís se le encogió el corazón.
Si hubiera sabido, ni se ponía a actuar.
Si se quitaba más, se iba a quedar en pura ropa interior… y él la iba a ver toda.
Saúl, al verla titubear, dijo:
—Bueno. Eres mujer, entiendo que te dé pena. Entonces lo hago yo.
Y de un jalón, le desgarró la blusa.
—¡Ah! —Anaís se espantó.
Se cubrió el pecho con las manos.
—No tengas miedo. Voy a ser tierno contigo.
Mentira.
Todo era mentira.
Ni una pizca de sinceridad.
—Saúl, ¿sabes qué? Cuando quedaste inválido, yo era la que más quería que te murieras. No sé si Cecilia ya te lo contó, pero la empleada que te “cuidaba” en La Franja del Norte también estaba ahí por orden mía. ¿Tú por qué no te moriste? Si te hubieras muerto, yo no tendría que pasarme la vida actuando contigo. Estos años… ¿tú crees que a mí me encantaba?
Anaís hablaba como si se le hubiera botado la canica.
—¿Qué? ¿Ya ves lo mala que soy? ¡Ja, ja, ja!
Saúl dijo, helado:
—Eres una víbora, sí… pero al menos así eres más soportable que cuando fingías.
Muchos años atrás, aquella noche, Ainhoa lo castigó y lo tuvo hincado en la nieve.

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