Ambos estaban sentados en la terraza del primer piso, dejando que la brisa les despeinara el cabello. Desde allí, al otro lado de la barandilla, se veía el césped extendiéndose casi hasta donde alcanzaba la vista.
No decían nada. Cada uno ocupaba su sitio, con los ojos medio cerrados, fingiendo dormir o simplemente mirando al vacío.
No era incómodo el silencio; al contrario, envolvía todo en una calma tan placentera y tibia que daba sueño.
La respiración tranquila de la persona al lado de Celeste se mezclaba con el aire, con cada ráfaga fresca que se colaba en la terraza.
En ese estado somnoliento, Celeste sintió, de manera poco habitual, una paz perezosa y suave.
Tenía compañía, pero esa compañía no la invadía, no la juzgaba, no intentaba adivinar lo que pensaba.
Eran como una piedra y una plantita bajo el sol: juntos, pero sin mezclarse, simplemente existiendo, sin preocuparse por nada.
Al pensarlo, Celeste se dio cuenta de lo raro que era eso para ella.
Desde niña, siempre le había parecido estar rodeada de susurros que nunca se callaban.
A veces venían de la gente; a veces, sentía que venían de las plantas, los árboles, el cielo y hasta las estrellas, todo le traía ideas e inspiración.
Siempre sentía esa presión de tener que pintar, o jugar ajedrez, o tocar el piano, como si algo la empujara a sacar todo lo que se le agolpaba en la cabeza como una cascada.
Si no lo hacía, la ansiedad la llenaba, como si la cabeza le fuera a explotar.
Pero a veces, cuanto más pintaba o más jugaba, más vacía se sentía.
El mundo era enorme, y sin embargo, no lograba encontrar un rincón donde pudiera estar en paz y dejar la mente en blanco.
Y así, la joven terminó quedándose dormida.
No supo que el hombre a su lado había cerrado los ojos incluso antes que ella.
Así, lo que iba a ser solo un rato tomando aire fresco, acabó en una siesta compartida bajo el sol de la tarde, dormidos sin razón ni apuro.
Al despertar, Celeste escuchó pasos apresurados y la voz alarmada de la señora que ayudaba en la casa.
—¡Señorita Armendia! No puede entrar así... Señor, la señorita Armendia insiste en pasar, ella...—

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