La habitación estaba envuelta en humo.
Yago rara vez fumaba; solo lo hacía cuando estaba increíblemente frustrado.
En ese momento, estaba de espaldas a la puerta, frente a los ventanales, sosteniendo un cigarrillo a medio consumir entre los dedos.
Yolanda dejó el plato de frutas en la mesa y caminó hacia él.
Lo abrazó por detrás, rodeando su cintura.
Apoyó la mejilla contra su espalda y le dijo con voz dulce:
—Deja de trabajar, descansa un momento y come algo.
—Tenemos que dormir temprano; mañana nuestro vuelo sale a primera hora.
Yago no se movió ni volteó a verla.
Simplemente apagó el cigarrillo en el cenicero con frialdad y le respondió con voz ronca:
—Vete a dormir tú.
Yolanda suspiró para sus adentros.
—Yago...
Frotó su rostro contra la espalda de él, usando un tono conciliador.
—Piqué el melón que tanto te gusta. Está muy dulce, ¿quieres probarlo?
Yago frunció el ceño.
A pesar de que todavía estaba furioso por la discusión que acababan de tener.
A pesar de que se había jurado que no la perdonaría tan fácilmente, que le enseñaría lo grave que era no cumplir sus promesas.
En cuanto escuchó esa voz tan tierna y sintió el calor de su cuerpo contra el suyo...
Esa barrera de dureza que había levantado se ponchó como un globo pinchado por una aguja.
Se dio cuenta de que estaba totalmente rendido ante ella.
Yago se dio la vuelta y la miró de arriba abajo.
Sus ojos seguían mostrando cierta frialdad, pero el hielo en su mirada ya empezaba a derretirse.
—Dame de comer en la boca.
Con el rostro serio, le hizo una petición extremadamente infantil.
Yolanda se quedó paralizada un segundo, antes de soltar una risa resignada.
—Está bien, te doy en la boca.
Lo tomó de la mano, lo hizo sentarse en el sofá, pinchó un trozo de melón con el tenedor y se lo llevó a los labios.
Yago lo mordió y masticó despacio.
Yolanda lo miró.
—¿Está rico?
Verla así, tan complaciente y dulce, le hizo olvidar por completo la desagradable pelea que acababan de tener.
Yago se quedó mirándola fijamente.
Miró su rostro, tan bien cuidado y lleno de encanto.
Miró las finas líneas de expresión alrededor de sus ojos, y el amor tímido y cauteloso que brillaba en ellos.
La furia que sentía desapareció sin dejar rastro.
Al final, suspiró en señal de rendición.
Dejó a un lado los documentos que estaba revisando, extendió los brazos y la jaló hacia él.
—Eso arruinaría tu reputación. ¿Estás dispuesta a soportarlo?
Yolanda se encogió de hombros, con gesto de indiferencia.
—Desde que pisé aquel juzgado, mi reputación quedó destrozada.
—Antes pensaba que eso era lo más importante, pero ahora...
Miró a Yago con una chispa de liberación en sus ojos.
—Ahora me doy cuenta de que no sirve de nada.
—La gente tiene boca y va a hablar lo que le dé la gana.
—Si dejo de ir a esos tés de la alta sociedad y dejo de ver las noticias de chismes, no tendré que escuchar las cosas horribles que dicen.
—Mientras estés a mi lado y Kari me comprenda, lo demás me tiene sin cuidado.
Yago la observó fijamente en silencio.
Después de un largo rato, soltó un suspiro profundo.
En ese instante supo que de verdad no podía ganarle a esta mujer.
Si era lo que ella quería, lo aceptaría.
De todos modos, en esta vida, ninguna otra persona le importaría más que ella.
—Está bien.
Yago se rindió.
Le tomó el rostro entre las manos y acarició suavemente sus labios con el pulgar.
—Entonces seguiré esperando. Sea un año o diez.
—El día que quieras casarte, dímelo, y al instante tendré la boda más espectacular lista para llevarte al altar.

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