El rostro de Karina se puso rojo de inmediato; con prisa quiso abrir la boca para sonreír y disimular.
Sin embargo, Lázaro se adelantó y dijo:
—Ese centro giratorio no está bien diseñado.
Con un tono relajado, añadió:
—Va demasiado rápido y no toma en cuenta que a las mujeres les cuesta servirse.
Sorprendentemente, el señor Francisco asintió y señaló la pared detrás de Lázaro, donde había un relieve decorativo.
—Aquí es un salón de negocios. La mayoría de los que vienen a comer son hombres, ya están acostumbrados a la prisa.
—Después le diré al gerente que, si hay mujeres presentes, pongan el centro giratorio en modo lento.
Karina se quedó pasmada.
Jamás habría imaginado que el señor Francisco sería tan accesible.
Suspiró aliviada, aunque la comida le supo deliciosa, también había estado en vilo todo el rato.
En ese momento, el señor Francisco tomó una llamada.
Al colgar, dijo:
—Tengo que atender un asunto. Ustedes sigan comiendo tranquilos.
De inmediato, el asistente entró y empujó su silla de ruedas, sacándolo del privado.
Apenas se fue, Karina sintió cómo toda la tensión que había cargado se iba de golpe.
Se levantó de inmediato, señalando una sopa clara que estaba al fondo de la mesa, con los ojos brillando de emoción.
—¡Quiero probar esa sopa de pollo con hongos! ¡Ándale, ayúdame a girar el centro para que me toque!
Lázaro la observó soltarse de esa manera frente a él y, sin poder evitarlo, una leve sonrisa se dibujó en su boca.
Alargó la mano y giró el centro para acercarle la sopa, tal como ella pidió.
Justo entonces, el celular de Lázaro vibró en su bolsillo.
Lanzó una mirada rápida a la pantalla y se incorporó.
—Voy al baño, tú síguele comiendo.
Sin más, se dirigió hacia el elevador y presionó el botón para la planta más alta.
...
La puerta de la suite estaba abierta. Francisco, en su silla de ruedas, giró desde la ventana panorámica para encarar a Lázaro.
—Aunque la escondes bien, si yo quiero verla, igual la encuentro.
Su tono era suave, como si platicara de cualquier cosa.
—Es una chica tierna y sencilla, pero parece que no es la universitaria con la que planeabas casarte a toda prisa.
El semblante de Lázaro se endureció de inmediato.
—Veo que sí me has investigado bastante, hermano.
—¿Qué dices? —Francisco sonrió con resignación—. Solo me preocupo por ti. En esta familia, soy el único que todavía se ocupa de tus asuntos.
Movió la silla y la detuvo frente a Lázaro. Alzó la vista; su expresión amable desapareció, dejando solo una seriedad inquebrantable.
—¿Cuándo vas a tener un hijo con ella?


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